Ensayos y crónicas bilingües sobre fronteras y pertenencia//Bilingual essays and chronicles of borders and belonging

Cómo los Libros Transforman Nuestra Comprensión del Mundo

Cuando era niño, me sentaba frente al librero de mi padre, lleno de dos pensamientos: de incomodidad ante la falta de entendimiento y de preguntas sin respuestas.
Soñaba con un milagro sencillo pero maravilloso: que, al pensar en una pregunta, un libro se abriera solo, justo en la página precisa, revelándome la frase exacta que encendiera mi capacidad reflexiva.

Imaginaba que los libros no eran objetos inertes, sino seres vivos, oráculos dormidos que susurraban si uno sabía cómo escuchar. Creía, con la fe intacta de la infancia, que, en algún rincón del universo, las palabras estaban vivas… esperando ser descubiertas.

Hablemos de honestidad.
Mi relación con los libros nació de mi mala relación con la realidad objetiva.
No me gustaba mi nombre. No me gustaba mi cara. No me gustaba mi cuerpo. No me gustaba mi casa.
Y entonces me iba.
De la única forma que en ese entonces era posible: viajaba de manera estática a través de los libros.
No había medios económicos para hacerlo realmente, ni tenía aún el valor de irme de verdad, porque mi pensamiento era débil, temeroso, frágil, hoy comprendo que mi cuerpo, mi medio ambiente y mis experiencias eran una sombra, un reflejo de mis pensamientos.
Así que huía con la mente. Me refugiaba en mundos ajenos porque el mío, en ese tiempo, dolía.
Y quizás por eso desarrollé esa capacidad de habitar otros lenguajes: porque no sabía habitarme a mí mismo.

Con los años, la vida me volvió práctico. Dejé de buscar respuestas en el lomo de los libros y comencé a perseguirlas en la urgencia de los días. Me alejé de los silencios, de las tardes sin reloj, de la magia que emana del contraste del blanco y negro.

Comencé a volverme normal, común. Intenté ser masa.
Al ser aceptado en esos círculos donde la uniformidad es regla, puse a un lado esa maravillosa afección por los libros.
Callé mi entusiasmo por las palabras y aprendí a fingir desinterés para encajar.
Aunque, en el fondo, yo sabía que la comodidad siempre había estado en las letras impresas, mucho más que en los eventos sociales.

Necesitaba atravesar esa otra orilla: el mundo en masa, donde la uniformidad es ley y lo superfluo se vuelve costumbre.
Un mundo donde la sencillez a menudo reemplaza a la profundidad, donde el ruido se impone al silencio, y lo inmediato eclipsa lo esencial.
Tenía que habitarlo, no para despreciarlo, sino para comprenderlo.
No se puede elegir un camino sin antes haber sentido el polvo de ambos.
No se trataba de decidir cuál era mejor, sino de descubrir en cuál de esos dos ecosistemas podía prosperar mi naturaleza creativa, mi heredada armonía.
Y solo al conocer el contraste pude ver con claridad el espacio que me pertenecía.

Entonces una noche el milagro apareció: conocí internet.

Y sucedió lo impensable.

Pasé casi dos días sin dormir, navegando sin mapa, saltando de idea en idea como quien cruza ríos con piedras de luz.
Cada enlace era una llave, cada palabra un eco antiguo.
Me encontré leyendo sin detenerme, guiado no por un plan, sino por una especie de intuición ardiente. Ya no era yo quien buscaba las ideas… eran ellas las que venían a mí, una tras otra, como si siempre hubieran estado esperando mi hambre.

El milagro de la infancia había llegado: yo preguntaba y el libro se iluminaba.
Geografía, orígenes, etimologías, historia… todo estaba ahí, a mi servicio.
Internet se convirtió en el sirviente perfecto, que saciaba mi sed de respuestas.
Podía encontrar con precisión las citas bibliográficas que me acortaban el camino al conocimiento.
Ya sabía qué autor, qué libro, qué fragmento buscar.
Eliminaba el ruido innecesario que a veces uno debe soportar para llegar a la frase que de verdad importa.

Y entonces lo comprendí:

“El oído que sabe escuchar siempre está cerca del corazón que sabe hablar.”
Ralph Waldo Emerson

No era el libro el que me hablaba.
Era yo quien, finalmente, comenzaba —sin saberlo— el hermoso proceso de escuchar. De hacerlo conscientemente.

Escuchar se convirtió en una de mis actividades favoritas. Comencé a callarme y, en consecuencia, a aprender. Regresé al origen.
Debe de ser por eso que el primer sentido desarrollado es el oído: estamos diseñados para aprender, y el aprendizaje llega cuando las opiniones se ausentan, cuando las preguntas toman su lugar.
Todo esto, gracias al oído.

En El mundo en el oído, Ramón Andrés escribe:

«El oído —el sentido enteramente desarrollado en el nacimiento y también el que más datos ha facilitado sobre la vida intrauterina— se considera un elemento sensorial determinante en la formación de la conciencia.»

Y añade:

“Oír, escuchar, es presentir, y presentir conduce a pensar.”

Estas palabras resuenan con mi camino: he aprendido que seguir escuchando —con curiosidad, sin prisa, con conciencia— es abrir la puerta al mundo interno y al pensamiento.
Escuchar no es solo un acto físico; es el comienzo de toda creación, de toda escritura y de toda vida contemplada.

Escuchar con el alma abierta.
Escuchar sin cronómetro ni expectativa.
Escuchar como quien entra en un templo sin saber qué dios lo habita, pero sabiendo que algo sagrado está por revelarse.

Ahora bien, no me considero especial por tener a la literatura como uno de mis amores.
No la uso como estandarte ni como símbolo de superioridad.
Para mí, la literatura no es adorno ni estatus: es refugio, arte liberador, elevador de espíritus.
Un lenguaje secreto que no exige títulos, solo asombro.

Leer me ayudó primero a escapar. Después, ya inmerso en las letras, me ayudó a pensar, a conocer otras perspectivas. Europa, Sudamérica, los Estados Unidos… Leer me dio la posibilidad de analizar, de reflexionar, de observar: columnas principales y necesarias para poder crear textos.

Fue mi origen el que me trajo hasta acá, y hoy lo agradezco. Hoy, desde esta trinchera, intento escribir para vivir. No solo espiritualmente —como siempre lo hice—, sino también para poder llevar mis letras a quienes, como yo, buscaban un camino, una guía.

Probablemente, como dice también Emerson, mis hechos narrados tengan correspondencia. Y entonces yo logre obtener el capital necesario para pensar más, para reflexionar más, para escribir más, para ayudar más.

Y sé que muchas veces se utiliza la literatura como disfraz de una supuesta inteligencia, como pasaporte hacia un estatus que poco tiene que ver con la verdad interior.
Lo sé porque yo también fui uno de ellos.
Leía para intentar asombrar, para parecer alguien que no era.
Creía que una cita bien pronunciada me haría parecer sabio, que los libros eran un espejo donde podía fingir grandeza.

No sabía entonces que la inteligencia no necesita de ilusionismo.
La verdadera inteligencia se manifiesta incluso en el silencio.

Me considero uno más entre los demás.
Alguien con una pasión íntima que me ayuda a sentirse bien sin hacer lo que hace la mayoría.
Una pasión que no me coloca por encima de nadie, sino más cerca de lo que realmente soy.

Desde entonces ya no leo por costumbre.
Leo por destino.

Cada vez que abro un libro, siento que no soy yo quien lo elige. Es él quien me llama.
Porque, como escribió Borges:

“Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído.”
Jorge Luis Borges

Y yo… yo soy el niño que soñaba con libros que se abrían solos,
y que hoy entiende que los libros, como los milagros,
solo responden a quienes los aman de verdad.


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