“You have power over your mind — not outside events. Realize this, and you will find strength.”
— Marcus Aurelius
Desde niño aprendí a desconfiar de los espejos. En ellos se reflejaba un cuerpo pequeño dentro de un pantalón heredado, talla treinta y dos para una cintura de veintiocho. Era como vivir disfrazado, como si mi infancia fuera un carnaval obligado donde la ropa no encajaba y las risas de otros niños eran cuchillos. No me gustaban los payasos ni los tumultos ni las fiestas de barrio. Mi madre, sin embargo, me lanzaba al mundo con un “vas porque vas” que sonaba a sentencia.
En esa realidad asimétrica descubrí un refugio: los libros. Ellos eran mi abrigo secreto. En sus páginas yo podía ser alto, fuerte, libre; podía elegir quién ser y cómo pensar. Lo que entonces no comprendía era que leer también es pensar con la cabeza de otro, y que ese exceso de pensamientos ajenos terminaría robándome por un tiempo mi propia voz. Pero en aquel instante, cuando más lo necesitaba, la lectura fue mi tabla de salvación.
Pasaron los años. Llegó el aparente éxito económico y con él la revancha: ropa de marca, autos alemanes, zapatos italianos, alcohol a manos llenas. Compraba no la manufactura ni la calidad sino la aceptación. En los bares yo era VIP, pero en mi interior seguía siendo aquel niño con pantalones prestados. Pagaba cifras absurdas no por un motor o un cinturón sino por la ilusión de pertenecer.
Hace poco, en una red social, vi una imagen que me arrancó una sonrisa: Austin Butler —el actor que interpretó a Elvis— vestido como yo lo hacía antes, pantalón grande, camisa corta, botas desajustadas. La diferencia no eran los millones ni la fama. La diferencia era la forma de pensar acerca de uno mismo. Shakespeare lo dijo mejor que nadie: “There is nothing either good or bad, but thinking makes it so.”
Hoy miro hacia atrás y agradezco la ropa inadecuada. Gracias a ese desajuste la literatura se convirtió en mi mejor abrigo. Y en ese abrigo aprendí algo más: que escribir no consiste en llenar páginas sino en tender puentes, que cada palabra debe justificar su existencia, que la concisión no es pobreza sino respeto por el lector.
Nací Emiliano del Refugio. Siempre fui un underdog, débil físicamente en un tiempo en que se aplaudía la fuerza bruta. Mi vida, desde niño, fue un largo aprendizaje de la soledad; pero esa soledad me entrenó para observar, para reflexionar, para crear mundos. He sido campesino, ingeniero, motociclista, fotógrafo, funcionario público, traficante de influencias, pintor, manager de un strip club y hoy mesero. Fui amante, infiel, promiscuo, racista y clasista. Todas esas pieles me enseñaron con crudeza lo que significa vivir a oscuras y todo lo que no quería seguir siendo.
Y finalmente me convertí en padre. Esa etapa me dio acceso a energías inagotables, al motor secreto del cosmos. Descubrí que la vida no es fácil, pero sí es simple cuando se adquieren las herramientas de la inteligencia. Comprendí que no hay un solo mundo, sino varias versiones de él, y que mi destino era aprender a caminar en todas.
Por eso escribo. Porque en algún punto entendí que la literatura no es un pedestal sino un espejo. Porque quiero que mis palabras sean abrigo para quien las necesite, puente para quien busque cruzar su propia frontera.
Si algo me han enseñado los libros, la paternidad y los viajes es esto: el obstáculo no bloquea el camino, lo revela. El pensamiento es siempre la causa. Lo que detestamos afuera suele ser lo que aún no hemos aceptado dentro. Y la aristocracia verdadera no es la de las marcas ni la del dinero, sino la de aquel a quien la vulgaridad no alcanza aunque lo aceche por todas partes.
Este es mi comienzo. Este es mi prólogo sin solemnidad ni citas en latín. Esta es la primera página de mi casa digital. Aquí iré dejando historias, ensayos, fragmentos. Quizá en alguno de ellos te reconozcas y descubras que también tú puedes vestirte de pensamientos nuevos.
— Emiliano del Refugio
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