Ensayos y crónicas bilingües sobre fronteras y pertenencia//Bilingual essays and chronicles of borders and belonging

Han mutado muchas cosas y lo que las ha transformado de un modo sereno y complaciente ha sido el pensamiento, la capacidad de reflexión. Vino a mí la memoria, y con ella, el pensamiento adecuado. Noto cómo esa reflexión me condujo a escribir sobre un fenómeno que se repite y se recicla: la ilusión de superioridad generacional, esa convicción cíclica de que los que fuimos somos mejores que los que fueron, y más lúcidos que los que serán.

Ilustración de un joven leyendo en un café, con una intensa lluvia afuera. En la pared detrás se puede ver un retrato en blanco y negro de varias figuras históricas, destacando a George Orwell. El ambiente es cálido y acogedor, con luz tenue y mesas de madera.

A veces vuelvo, con la memoria, a aquellos días de 2008 en la Ciudad de México. Vivía en los Edificios Mascota, entre Bucareli y Abraham González, en la vieja Colonia Juárez. Salía de casa temprano, cuando los autos ya habían despertado y las puertas de los negocios comenzaban a abrirse. En una ciudad que trabaja siempre, el silencio muchas veces es una cuestión mental, una trinchera interior donde uno se protege para pensar.

Los Mascota eran una joya del tiempo: de fachada color crema y yeso envejecido, con molduras de cantera, balcones de hierro forjado y ventanales amplios que daban a patios interiores donde la luz caía como una caricia antigua. Su arquitectura, mezcla de estilo porfiriano con influencias afrancesadas, hablaba de un México que aún creía en la posibilidad del progreso humano, de un país que entendía que la estética podía ser una forma de ética. Habían sido levantados por Ernesto Pugibet, aquel empresario francés que fundó El Buen Tono y que soñaba con que los trabajadores pudieran habitar espacios dignos, hermosos, respirables. Fue él, no su época, quien pensó que la prosperidad debía tener alma, que producir y cuidar podían ser el mismo verbo.

Desde ahí caminaba hasta el Café La Habana, en el número 120 de Bucareli. Era un trayecto corto, pero simbólico: el paso del hogar al pensamiento. Cruzaba las calles que aún olían a pan dulce, a gasolina, a periódico recién impreso. Empujaba la puerta de cristal del Habana y el aire cambiaba: el olor del café recién hecho, el murmullo de las tazas, los ventiladores de techo girando lentamente, las voces graves de los hombres que discutían política como si el país dependiera de su conversación. Las paredes color durazno envejecido, las molduras crema, las fotografías en sepia de una ciudad que ya no existe, todo parecía detenido en un sueño tibio. En la barra de madera oscura, bruñida por los años, se reflejaban los rostros de los ausentes: Octavio Paz, Ernesto “Che” Guevara, García Márquez, Bolaño, Leduc. Yo me sentaba cerca del ventanal, donde la luz oblicua caía sobre las mesas de madera oscura y el reloj redondo del salón parecía marcar el tiempo con otro pulso. A veces me quedaba mirando aquella barra con una especie de fe ingenua, esperando que un día, alguno de ellos —Paz, Bolaño o quizá el fantasma anónimo de un escritor sin nombre— se sentara a mi lado y me susurrara la idea perfecta, esa frase que me haría, por fin, escritor.

Fue ahí, una mañana de noviembre de 2008, donde abrí The Lion and the Unicorn de George Orwell y tropecé con una frase que me atravesó como un espejo. No me hirió desde afuera, sino desde adentro: un espejo no lastima, devuelve. Lo que dolió no fue la frase, sino verme reflejado en ella.

“Each generation imagines itself to be more intelligent than the one that went before it, and wiser than the one that comes after it.”
(Cada generación se imagina a sí misma más inteligente que la anterior y más sabia que la siguiente.)

No lo supe entonces, pero esa frase era una confesión disfrazada de sentencia. Porque yo también, como tantos, creía que mi generación era la mejor: que habíamos tenido la música más auténtica, las ideas más libres, las palabras más verdaderas. Creía que los mayores estaban agotados y los más jóvenes, distraídos. Era, sin saberlo, un eco más en la larga tradición de la soberbia humana. Cerré el libro, bebí el último sorbo de café y volví caminando a casa entre el ruido de los cláxones, pensando que la frase de Orwell no era solo una observación sobre el tiempo: era un espejo que todos evitamos mirar.

Me quedé pensando en la reflexión, pero en mi mente no existía aún la madurez necesaria para elaborar la conclusión adecuada a aquel cuestionamiento, a aquel reto al que Orwell me había llevado. Aparte de todo, el ego todavía me decía que Orwell probablemente estaba medio pendejo, porque, efectivamente, dentro de mí, mi generación era la mejor. ¿Qué podía saber este cabrón que llevaba años de muerto? Fue el tiempo el encargado de traerme el recuerdo y la inteligencia necesaria para la conclusión, que aún años después sigue siendo igualmente necesaria.

Y así, sin notarlo, la vida comenzó a escribir la respuesta que yo no supe formular entonces. No fue una revelación súbita, sino una lenta sedimentación de los días: los años, el cansancio, los silencios. La comprensión llegó disfrazada de cambio, y el cambio, de distancia.

Años después, esta memoria regresa a mí con la nitidez de un eco. Me he mudado recientemente a una cabaña rodeada de árboles, nieve y montañas, en el corazón de Colorado. Los rugidos de los cláxones se han transformado en aullidos de coyotes, los perros callejeros en mapaches curiosos, y los autos impacientes de los cruceros de la Juárez en encuentros inesperados con osos. El bullicio de la ciudad se ha desvanecido en un rumor lejano, como si perteneciera a otra vida, a otro hombre.

Han mutado los muros de mis hogares, y del mismo modo han mutado mis pensamientos y mis reflexiones. Porque uno no cambia de pensamiento por cambiar de casa; más bien, es el pensamiento el que, al mutar, exige nuevos muros, nuevos paisajes, nuevos silencios. La arquitectura interior termina siempre revelándose en la arquitectura exterior.

Y mientras deshago las cajas de la mudanza, abro una que lleva conmigo más de una década. En ella, entre hojas amarillentas y papeles doblados, encuentro el mismo ejemplar de Orwell que leía en aquel pasado. Al abrirlo, una pequeña mancha de café, ya casi borrada por el tiempo, marca la página donde había subrayado una frase que vuelve a mí como una voz conocida: “Cada generación se cree más inteligente que la anterior y más sabia que la siguiente.”

Han mutado muchas cosas, como arriba lo menciono, y lo que las ha transformado de un modo sereno y complaciente ha sido el pensamiento, la capacidad de reflexión. Vino a mí la memoria, y con ella, el pensamiento adecuado. Noto cómo esa reflexión me condujo a escribir sobre un fenómeno que se repite y se recicla: la ilusión de superioridad generacional, esa convicción cíclica de que los que fuimos somos mejores que los que fueron, y más lúcidos que los que serán.

Al haber sustituido mi arrogante presencia en el mundo por la del observador que hoy soy, he comprendido que cada generación entabla los mismos diálogos con distintos vocabularios. Cada una juzga a la que la precede con severidad y a la que la sigue con desdén. Así sucede hoy, así ha sucedido siempre.

Los baby boomers decían de los silenciosos que habían sido conformistas, que se dejaron arrastrar por el miedo y la guerra, que carecían de rebeldía. Pero los silenciosos respondían que, al menos, ellos sabían trabajar, ahorrar y respetar la palabra dada. La Generación X acusó a los boomers de haber consumido el planeta, de convertir el progreso en deuda y la libertad en un eslogan publicitario. Los boomers, con una mezcla de orgullo y cansancio, replicaron que sin su esfuerzo los X no habrían heredado el mundo de oportunidades que tanto critican. Los millennials miraron a los X con desconfianza, diciendo que habían renunciado al cambio y se habían vuelto cínicos. Los X, escépticos, los consideraban frágiles, impacientes, adictos a la validación. Los centennials, o Generación Z, contemplan hoy a los millennials como adultos prematuros que extraviaron el alma en las redes sociales, y los millennials, en respuesta, los llaman superficiales, acusándolos de confundir la información con la sabiduría.

Y así, cada generación cumple su turno en el espejo del tiempo, señalando con el dedo lo que no entiende, olvidando que en el reflejo también se acusa a sí misma. El juicio se disfraza de certeza, y la historia —paciente, irónica, infinita— vuelve a comenzar.

Es de noche mientras abro las cajas. Uno de los beneficios de vivir aislado en la montaña es que, ante la ausencia del espectro de luz, las estrellas se vuelven más brillantes, más presentes. Y cuando las estrellas brillan más, también lo hace el pensamiento. Hay un tipo de claridad que solo llega en el silencio, en esa oscuridad que no asusta, sino que revela.

Viene entonces a mí la respuesta a la reflexión en turno. Llega Carl Sagan, con aquello que escribió en Cosmos: “Each generation stands on the shoulders of those who have gone before, adding its own small contribution to the growing heritage of human understanding.” (Cada generación se sostiene sobre los hombros de quienes la precedieron, añadiendo su pequeña contribución al creciente patrimonio del entendimiento humano.)

Pienso en ello y siento una paz que no proviene de la certeza, sino de la comprensión. Porque si cada generación se apoya en la anterior, entonces ninguna es enemiga del tiempo. Solo somos distintos capítulos de un mismo libro, párrafos que se continúan, aunque a veces se contradigan. Las diferencias no son ruptura, sino respiración. Lo que uno dice, el otro corrige, y lo que uno construye, el otro intenta comprender. Esa es la danza del pensamiento: avanzar sin conquistar, aprender sin poseer.

Y cuando llega ese entendimiento a mí, llega también la comprensión de los viejos y de los jóvenes. Ellos son ellos y sus circunstancias. Sus actos no son más que el efecto de una causa que, de haberla experimentado, yo mismo habría repetido. Hubiera estado, seguramente, pegado al teléfono como ellos lo hacen hoy, o habría sido igual de crítico que el baby boomer al mirar el presente con decepción y nostalgia.

Finalmente entiendo —y más aún, comprendo— que la única generación importante es la del aquí y la del ahora. Nuestra responsabilidad es, entonces, madurar lo suficiente para crear reflexiones como esta: pensamientos que no buscan imponer, sino compartir. Reflexiones que nos permitan aceptar nuestras derrotas del mismo modo que aceptamos nuestras victorias, y que, en esa aceptación, podamos convertirnos en el ejemplo claro de nuestro papel en el desarrollo de la vida.

Porque la verdadera herencia no está en las ideas que defendemos, sino en la conciencia que dejamos despierta. Y en esa conciencia —silenciosa, viva, común— todas las generaciones se encuentran.

Un hombre sentado en una cafetería con una bebida y un libro, rodeado de mesas y comensales, en un ambiente retro con decoración en blanco y negro.


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