“La palabra sigue siendo nuestra.
Porque el arte, aun en tiempos de algoritmos,
solo puede emerger de cuerpos con alma.” E. del R.

Escribir en tiempos de inteligencia artificial ha dejado de ser una práctica privada para convertirse en una cuestión pública, incluso polémica.
¿Somos todavía nosotros los que escribimos?
¿Es un algoritmo el que nos dicta?
¿Nos estamos quedando sin talento o, por el contrario, estamos aprendiendo a usarlo de manera más afinada?
Yo prefiero mirar el lado bueno. El perfecto. El individual. No porque ignore los riesgos, sino porque me niego a vivir con miedo a lo nuevo. Como ya he dicho otras veces: buscar en la inteligencia artificial no es hacer trampa. Es simplemente apurar un proceso. Acortar el camino entre la idea y su forma. Y ese atajo, lejos de ser un pecado, es la misma lógica que guía casi todas las actividades humanas. Si tienes un negocio, deseas que el dinero llegue más rápido. Si eres deportista, entrenas con disciplina para alcanzar antes la meta. Si escribes un libro, pintas un cuadro o levantas un proyecto, sueñas con que su éxito llegue lo más pronto posible.
¿Es eso inmoral? ¿Es eso poco ético? No lo sé. Y la verdad es que tampoco me quita el sueño. Porque si algo he entendido en estos años es que no somos solo el “yo” que decide. Somos, como escribió Ortega y Gasset, “yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Y esta —mi circunstancia— es una época de algoritmos, de pantallas, de hiperconexión, de velocidad. Esta es la época en la que me tocó escribir. Y si de verdad quiero honrar mi pensamiento, debo también honrar mis herramientas.
Criticar el uso de la IA sería tan absurdo como burlarse de un viajero moderno que vuela de Colorado a Nueva York en avión, cuando nuestros antepasados lo hacían en carreta. El uso de la tecnología no es un vicio. Es una oportunidad. Es la posibilidad de expandir el bien, de multiplicar el mensaje, de hacer que una idea llegue más lejos, más hondo, más rápido. Es seguir escribiendo con fuego, aunque el fuego ahora esté hecho de bits y datos.
Uno de mis faros, Jorge Luis Borges, lo explicó con claridad en La flor de Coleridge: los escritores clásicos se nutrían de otros escritores clásicos. Nada es completamente nuevo. Todo lo que escribimos ya ha sido escrito de alguna forma, en algún tiempo, por alguien que rozó esa misma poesía universal que algunos llaman inspiración y otros llaman Dios. Por eso, decía Borges, no debemos perder tiempo juzgando si un autor es bueno, regular o malo. Lo que importa es si el texto tiene alma. Si cumple su propósito: enseñarnos a ver el mundo, al otro, a Dios… de una forma más viva.
Así que no, no me interesa saber si el texto que escribí nació en mi mente o en el impulso generado por una conversación con una inteligencia artificial. Lo que me interesa es si tiene vida. Si conmueve. Si despierta. Si hace pensar. Si genera belleza o verdad. Porque cuando eso ocurre —cuando un texto vibra con el alma de quien lo lee— entonces yo desaparezco. Y eso es lo más hermoso del arte: que no necesita autor para existir. Que cuando es verdadero, no le pertenece a nadie. Se vuelve herramienta. Se vuelve viento. Se vuelve lápiz en las manos de Dios.
Ese es mi papel. No el de ser un genio, ni un mártir, ni un revolucionario. Mi papel es ser instrumento. Usar la herramienta correcta para expresar la verdad eterna. Escribir con humildad, pero también con poder. Usar mi tiempo, mis recursos, mi circunstancia… y escribir con ellos. Porque esa es mi fidelidad. No a la técnica. No al juicio ajeno. Sino a la literatura. A la palabra. A la vida.
Honro a quienes me formaron con sus libros. A quienes encendieron el fuego de mi mente y mi corazón. Y si al hacerlo dejo de existir, si me disuelvo en la tinta y en el silencio, mejor. Porque así sé que lo que queda no soy yo. Es algo más alto. Más hondo. Más duradero.
Escribir es desaparecer con elegancia.
Y si para lograrlo debo usar inteligencia artificial, lo haré.
Porque mi alma sigue siendo humana.
Y mi palabra, aún con todo lo nuevo, sigue siendo mía.
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