“En la presencia de la naturaleza, toda vanidad humana se disuelve; solo queda el alma, unida a la respiración del universo.”
— Inspirado en Ralph Waldo Emerson

Ayer, mientras me dirigía hacia la nueva casa que pronto habitaremos, el mundo —sabio como siempre— me ofreció una lección mientras lo caminaba.
Intento concentrarme al conducir, porque no sería responsable dejar que la belleza me distraiga del camino. Pero cuando esa belleza me abruma, me detengo. Siempre me detengo.
Ahí comenzó la primera lección: admirar.
Tomarse el tiempo de observar cómo una montaña, el sol y la posición de la Tierra se conjugan para pintar el cuadro perfecto del ocaso.
Admirar sin producir también es producir.
Que no te engañen, y sobre todo, que no te engañes tú, pensando que producir solo tiene que ver con lo visible.
Producir buen pensamiento, buen sentir, es una de las formas más altas del arte de vivir.
No todo fruto crece en los árboles: algunos florecen en el alma cuando aprende a contemplar.
Más tarde retomé el camino. A lo lejos, un halcón emprendió el vuelo hacia su presa. Lo observé: su mirada fija, su descenso preciso, su captura certera. La física del aire, la presión bajo sus alas extendidas, la curvatura de su vuelo… todo obedecía una perfección invisible.
El roedor no fue víctima, sino parte del ciclo. La vida no muere: se transforma.
El halcón se eleva y el roedor asciende con él, convertido en energía, en sustento, en vuelo.
Tal vez por eso algunos dicen que el lenguaje de Dios es el de las aves: hablan sin palabras, pero con una exactitud divina.
Llegué al nuevo hogar.
Entre álamos desnudos —Aspens, los mismos que dan nombre a esta tierra— comprendí otra enseñanza: ha llegado el momento del descanso.
El otoño es la pausa sagrada del bosque.
Los árboles dejan de producir clorofila; cesa la fotosíntesis que, durante el verano, convirtió la luz del sol en alimento.
Ahora guardan sus fuerzas, retraen la savia hacia las raíces y esperan. No es muerte, es retiro.
La naturaleza enseña que también nosotros debemos aprender a detenernos, a conservar energía para el renacer.
Y fue entonces cuando recordé las palabras de Emerson, aquel hombre que confesó sentirse avergonzado de sus ídolos y de sus religiones cuando estaba frente a la naturaleza:
“I am ashamed of my petty idols, of my religion.”
Porque, ante la magnitud del mundo vivo, todo artificio humano se disuelve, y solo queda lo esencial: el alma unida a la respiración del universo.
Fui a ordenar algunas cosas que debía organizar para hacer el nuevo hogar más habitable.
Lo hice del mismo modo en que he aprendido a ordenar mis pensamientos: con calma, con intención, con gratitud.
Porque el orden en la mente siempre termina manifestándose en el orden de nuestras realidades visibles.
Cada objeto que encontraba su lugar me recordaba que también en mí había un sitio para cada idea, para cada emoción, para cada silencio.
Terminé lo que debía ordenar, y entonces llegó la hora de regresar al 101, la casa que fue nuestro hogar durante varios años.
Antes de subir al auto, voltee hacia un árbol que siempre me ha gustado; algo captó mi atención.
En una de sus ramas, silencioso y majestuoso, estaba un búho.
Parecía observarme, o al menos eso quise imaginar.
Perfecto en su postura, perfecto en su imagen: un guardián de la penumbra, un vigía de lo eterno.
Recordé entonces una antigua leyenda que decía que los búhos son los ojos de la noche, mensajeros entre el mundo de los hombres y el de los espíritus, protectores de quienes están por cambiar de ciclo.
En Grecia se decía que acompañaban a Atenea, diosa de la sabiduría, y que allí donde un búho posaba, la luz del entendimiento estaba cerca.
En las tradiciones nativoamericanas, en cambio, el búho es el mensajero del renacimiento: no anuncia la muerte, sino el paso a una forma más alta de visión.
Tal vez por eso apareció aquella tarde, justo antes del viaje de regreso.
Como si quisiera recordarme que cada partida es también una manera de despertar.
Ya en camino, cerca de la intersección de Emma Road y Sopris Road, vi un grupo de venados alimentándose antes del anochecer.
Me detuve otra vez.
Los más pequeños brincaban entre la hierba con la inocencia intacta de quienes aún no conocen el miedo.
Esa imagen me llevó directo a otro tiempo, a aquellas tardes en que Emma y yo compartíamos la misma ternura al ver Bambi —o Ñañi, como ella le decía cuando era muy pequeña—, descubriendo juntos que la inocencia, al igual que la vida, siempre encuentra la manera de volver.
Ya en la casa del 101, me aguardaba una última revelación: los mapaches del bosque habían tenido crías.
Los observé acercarse entre las sombras, sigilosos, curiosos, con ese antifaz natural que hace de sus rostros una máscara de inocencia y misterio.
Y mientras los miraba, recordé las palabras de Mateo: “Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo vuestro Padre celestial las alimenta.”
Ellos no necesitan de nosotros —el Padre los alimenta—, y sin embargo, de vez en cuando les compartimos un pedazo de nuestro pan.
No por compasión, sino por comunión.
Porque cuando extienden la mirada y nos observan con esos ojos brillantes, el universo parece detenerse un instante, como si reconociera que dar, incluso cuando nada falta, es la manera más pura de agradecer.
Al final del día, mientras me preparaba para dormir, alcé la vista hacia el cielo.
Le di gracias a la vida por revelarse perfecta en cada detalle; al universo, por recordarme que soy un hilo dentro de su tejido luminoso; y a Él —al Uno, al Todo— por enseñarme, una vez más, que la existencia tiene un solo rostro: el del bien, el de la perfección, el de lo individual que, al reconocerse, se vuelve universal.
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