Ensayos y crónicas bilingües sobre fronteras y pertenencia//Bilingual essays and chronicles of borders and belonging

“Lo esencial es invisible a los ojos.”
— Antoine de Saint-Exupéry

Una pila de libros y cuadernos apilados sobre una mesa de madera, con luz natural iluminando el espacio.

Nos mudamos. Otra vez.
Y aunque la palabra suele cargar cansancio, esta vez llegó con un brillo distinto, casi como un premio silencioso entregado por la vida después de años de esfuerzo. Dejamos atrás una casa donde vivimos más de tres años, una casa que nos enseñó rutinas, miedos y alegrías, pero que ya no era nuestro sitio. El destino —ese viejo amigo que a veces guía y a veces empuja— nos condujo a un lugar mejor: una casa cerca de las montañas, rodeada de árboles que guardan secretos antiguos, y una quietud que cae sobre los días como un manto de nieve recién caída.

Llegamos, por fin, a una casa donde se ríe más en la cocina.
A un pasillo donde cada llegada tiene forma de abrazo.
A un espacio que parece decirnos: “Aquí era”.

Hacía mucho tiempo que no me mudaba, pero debo reconocer que soy un experto en este oficio que mezcla cajas, nostalgias y nuevos comienzos. No recuerdo cuántas veces me he cambiado de casa; solo sé que han sido muchas, tantas que cualquiera pensaría que uno ya debería estar acostumbrado. Pero no. Cada mudanza tiene un filo distinto, un cansancio particular, un pequeño temblor del alma.

Esta última vez la indolencia me atrapó por un tiempo más largo del deseado. Pero no hubo remedio: había que hacerlo. Había que sacar la ropa de los clósets, envolver los libros, mover muebles que siempre pesan más que los recuerdos, bajar cuadros que parecían parte del muro mismo. Y luego, ya en la casa nueva, comenzó ese ritual extraño que uno nunca verbaliza pero siempre vive: desechar, abrir, reconocer, descubrir.

Porque en una mudanza uno encuentra lo que dejó de ver pero nunca dejó de existir.
Encuentra proyectos que no nacieron.
Encuentra pedazos de sí mismos que estaban en pausa, esperando.

Y fue abriendo cajas cuando descubrí la cantidad absurda —y al mismo tiempo necesaria— de libretas que tengo. Una montaña de pensamientos sin ordenar. Siempre compro una libreta nueva aunque no la necesite. Lo hace el deseo: ese incendio silencioso de escribir en cualquier momento, en cualquier esquina, en cualquier forma. Me gusta escribir a mano, porque ahí el pensamiento tiene cuerpo, tiene peso, tiene piel. Luego lo paso a la computadora, sí, pero el primer gesto siempre nace en tinta.

Por eso la acumulación.
Porque cada libreta es una posibilidad.
Porque cada página en blanco es una promesa.

Y tal vez —solo tal vez— en esa acumulación de cosas que no sabía que existían, escondidas entre mudanzas y silencios, está el inicio verdadero de algo grande. Quizá ya escribí, sin darme cuenta, aquella línea que hará que mi sueño de vivir de mis palabras se convierta en realidad. Quizá está ahí, apretada entre tanto deseo inconcluso, esperando que la encuentre, que la lea, que la reconozca.

Las mudanzas tienen esa magia: te regalan de vuelta lo que habías olvidado que era tuyo.
Y a veces, entre cajas abiertas y luz de invierno, uno recuerda que ya está más cerca de aquello que ha perseguido toda la vida.


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