Ensayos y crónicas bilingües sobre fronteras y pertenencia//Bilingual essays and chronicles of borders and belonging

Los Ricos También Lloran — telenovela de Televisa, 1979.
El Llano en Llamas — libro de cuentos de Juan Rulfo, 1953.
La Vida No Vale Nada — canción de José Alfredo Jiménez, 1954.
Cantinflas — figura icónica del cine mexicano, símbolo de la pobreza ingeniosa, 1950s–1970s.
Nosotros los Pobres / Ustedes los Ricos — películas de Ismael Rodríguez con Pedro Infante, 1948.
El Chavo del Ocho — serie de televisión de Roberto Gómez Bolaños, 1971.
Pobre pero Honrado — refrán popular repetido por generaciones.

Un país donde los títulos lo decían todo:
los ricos lloraban, los pobres aguantaban,
y la vida parecía escrita para que siempre tocara perder.

Entre José Alfredo, Rulfo, Televisa, Pedro Infante, Cantinflas, Chespirito
y los silencios del barrio,
así aprendimos —como millones—
lo que supuestamente era el destino.

Un hombre con sombrero observa una majestuosa montaña iluminada por el sol al amanecer, rodeado de árboles y nubes en el valle.

Nací en 1979, en un México donde los modelos mentales no se aprendían en la escuela, sino en el aire. Eran ideas que flotaban en las conversaciones, en los chistes, en los silencios de los adultos, en la música de José Alfredo, en las novelas de Rulfo, en los discursos de presidentes que prometían recuperaciones eternas. No había forma de escapar: tarde o temprano, el país se metía en tu cabeza.

Crecí en un entorno donde el sufrimiento era cultura y la escasez era identidad. Había frases que no se cuestionaban porque parecían leyes naturales:
“La vida está cabrona.”
“Así es México.”
“El que nace para maceta del corredor no pasa.”

La televisión reforzaba esas ideas: telenovelas donde los pobres eran nobles y los ricos eran villanos, historias donde la riqueza solo llegaba después de mucho llanto, como si fuera algo que la vida concedía a regañadientes. El radio hablaba siempre de austeridad, de ahorro para tiempos peores, como si lo peor fuera un destino matemáticamente inevitable.

Mis presidentes hablaban con la voz cansada de un país que siempre parecía estar sanando y siempre parecía recaer. Repetían las mismas melodías: “ya pronto saldremos”, “vienen tiempos mejores”, “hay que apretarse el cinturón”. Eran décadas de promesas que nunca terminaban de cumplirse.

En mi calle en Martínez de la Torre, la pobreza hacía comunidad. No era vergüenza: era una identidad compartida. Todos vivíamos igual, todos veníamos del mismo piso. Y aunque esa comunidad tenía su belleza —solidaridad, cariño, humor, resistencia— también imponía límites invisibles:
querer más era romper el pacto tácito del barrio.

Además, los modelos mentales cambiaban incluso dentro de mi propia casa. Mi hermano Erik nació en un México donde la figura masculina imponía silencio, donde la palabra del padre era ley aunque no tuviera razón. Cuando nací yo, doce años después, mi madre ya no era la misma. Había sobrevivido a su propio infierno y a sus propias batallas, había despertado, había endurecido su espíritu. Ya tomaba decisiones, ya alzaba la voz, ya no aceptaba vivir sometida.

Esa dualidad me formó: entender que dentro de una misma familia hay épocas distintas, heridas distintas, libertades distintas. Que no todos recibimos la misma versión de nuestros padres porque la vida no nos llega en el mismo momento de ellos.

Crecí escuchando a México decir que el sufrimiento era normal, que la pobreza era destino, que el dinero era peligroso, que la ambición era sospechosa, que buscar más era tentar al diablo.
Pero también crecí escuchando a mi madre repetir exactamente lo contrario.

Entre esas dos voces contradictorias se fue armando mi cabeza.
Yo era una mezcla extraña de resignación heredada y rebeldía inconsciente.
Una parte de mí creía en la narrativa del país;
otra intuía que esa narrativa estaba mal.

Y aunque todos esos modelos mentales me moldearon, el más poderoso, el que me reconfiguró para siempre, no vino ni de la televisión, ni de los presidentes, ni de los libros de la escuela, ni de la cultura colectiva.

Vino de ella.


Mi modelo mental más convincente: Emma Pazos

Recuerdo con exactitud el día que me cambió la vida. Yo vivía en Xalapa, rentando un cuarto que entre mis amigos y yo llamábamos la barraca, porque parecía sacado de una película de la Segunda Guerra Mundial: un espacio de tres por tres metros, con una pared hechiza que un albañil improvisado había levantado para separar mi cuarto del otro departamento. Esa pared era tan mala que se llenaba de humedad; las gotas se deslizaban como si el muro llorara conmigo algunas noches. Vivía ahí porque era lo que podía pagar mientras estudiaba. No era vagancia, no era fiesta, no era irresponsabilidad: era la maldita pobreza.

Ese mes no tuve para pagar la renta. No porque me hubiera gastado el dinero, sino porque no había dinero que gastar. Así que, igual que “Ron Damón”, empecé a esconderme del casero: salía por rutas alternas, me escabullía para no encontrarlo, posponiendo el inevitable encuentro. Pero un día, al regresar, encontré una nota clavada en la puerta:

“Si mañana no pagas, saco tus cosas.”

Dentro de mí solo pensé: “Puta madre…”
Le hablé a mi mamá.
No tuve que explicarle mucho.
Ella solo dijo: “Voy para allá.”

Tomó un camión a Xalapa, un viaje largo, cansado. Y en cuanto llegó, nos fuimos directo al Monte de Piedad. Llevaba una pulsera, una “esclava” como les decían. Era gruesa, pesada, casi de narco; no sé por qué la tenía, pero sé que la había empeñado varias veces cuando había un apuro. Lo había hecho antes, sí, pero nunca delante de mí. Esa vez sí.

Nos formamos juntos en la fila triste, esa línea depresiva donde cada persona cargaba una historia que se podía ver en su postura. Yo miraba a mi madre con un amor casi doloroso. Era fuerte, siempre lo había sido. Se quedó huérfana a los ocho años y tuvo que hacerse cargo de mis tíos Antonio y Blanca desde esa edad. Claro, vivían en casa de tías, pero aquellas tías —más que ayudar— eran unas cabronas poblanas que les daban techo, sí, pero todos los días les recordaban que eran huérfanas y arrimadas.

Y, aun así, con el tiempo entendí algo: mis tías hacían lo que yo mismo hubiera hecho si hubiera crecido bajo las mismas circunstancias. Reaccionaban desde la dureza que les enseñaron, desde la vida que les tocó, desde un México emocionalmente roto donde nadie sabía querer bonito porque nadie había sido querido bonito.

Por eso, cuando más adelante ya había lana, yo siempre las ayudé también. Las mismas tías cabronas se volvieron mis tías consentidas, y yo fui el sobrino favorito… sí, por la lana, pero pues así era nuestro mundo. Así era nuestro México. Así eran nuestras manifestaciones: amor torcido, apoyo de doble filo, cariño en forma de favores y silencios.

La niñez de mi madre no fue infancia, fue supervivencia.

Esa mujer de acero estaba ahora parada frente a mí, con la esclava en la mano, esperando su turno para entregarla como rescate de mi renta vencida. Y ahí, en esa fila, sentí que algo dentro de mí se rompía. No era mi situación la que me dolía. Yo era solo un chavillo estudiando, sobreviviendo en un cuarto húmedo, haciendo lo que podía con lo que tenía. Lo que me quebró fue verla a ella ahí, empeñando otra vez un pedazo de su vida por culpa de una pobreza que no perdona a nadie.

Pensé:
“Chale… esto no está bien. Maldita pobreza. Maldita sea esta cabrona pobreza.”

Y ella lo vio. Lo notó en mi mirada. Se salió de la fila sin pensarlo, me tomó del brazo con esa fuerza de mujer forjada en épocas donde la vida no daba tregua. Me llevó afuera del Monte de Piedad.

Ahí, lejos de la fila, me agarró de la camisa como cuando alguien te va a madrear y me dijo:

“Escúchame bien. Esto lo hago porque es urgencia, ¿me oyes? Lo hago por ti.
Pero esto no está bien.
Ya ves por qué siempre te digo: uno tiene que hacer dinero. ¿Ya lo ves?
La pobreza está de la chingada.
Así que prométeme una cosa. Estés donde estés, hagas lo que hagas… prométemelo: tú siempre vas a ser el mejor.”

Yo asentí, espantado, triste, quebrado.
Le dije bajito:
“Sí, te lo prometo…”

Pero mi madre no quería un susurro.
Quería un pacto.
Quería un voto.
Quería que mi voz se volviera destino.

“¡No, cabrón! Dímelo en voz alta. ¡Prométemelo en voz alta!”

Y ahí, con la garganta apretada, dije:

“Sí, señora. Le prometo que voy a ser siempre el mejor en todo lo que haga.
Y le prometo también que voy a hacer lana.”

Ese día mi vida se partió en dos.
Ese día nació mi modelo mental para el billete.
No vino de un libro, ni de un curso, ni de un gurú.
Vino de Emma Pazos Mora, mi madre, hecha de acero, parida por la adversidad, moldeada por la tragedia y convertida en una mujer imposible de romper.

Desde ese día, siempre busqué hacer lana.
Si en la universidad había una oportunidad de ganar dinero, hablaba con los maestros, explicaba, negociaba. Pero negociar, en el México donde yo crecí, no era negociar como en los manuales universitarios: era negociar en el bajo mundo de los arreglos que dejan la ley a un lado, esa escuela silenciosa donde se aprende a sobrevivir antes que a obedecer.

El maestro me veía con media sonrisa y me decía:

“¿Ah sí? ¿Vas a hacer una lanita y por eso vas a faltar?”
Y luego venía la frase clave:
“Pero… yo qué gano?”

Yo me hacía pendejo un segundo, pero claro que entendía.
Le decía:
“No pues… usted dígame.”

Él se recargaba en su silla, me miraba fijo y soltaba la clave del pacto:

“Yo tengo un amigo con el que me gusta platicar… se llama Johnnie Walker.
A ver si le dices que me visite.”

Y yo entendía.
Y él también sabía que yo había entendido.
Acuerdo saldado.

Esa fue mi primera escuela de cómo funcionaba el México que yo manifestaba, porque por supuesto había quien manifestaba billetes sin meterse en la pinche corrupción jodida. Había quien tenía otros caminos, otras circunstancias, otros apellidos, otros modelos mentales. Pero el mío —ese que la vida me dio— me enseñó a moverme entre arreglos, silencios y favores, porque ese era el sistema que se abría para alguien como yo, sin palancas, sin apellido, sin red, solo con hambre, urgencia y la promesa que le hice a mi madre allá afuera del Monte de Piedad.

Ese aprendizaje —torcido, necesario, inevitable— me sirvió años después para ganar los contratos que finalmente me sacaron de la pobreza. Estuve ahí, aprendiendo a leer silencios, a leer intenciones, a moverme sin romper, a avanzar sin chingar, a navegar un sistema que te devora si no entiendes sus reglas no escritas.

Salí de la universidad y, aun sin apellido, aun fuera del circuito tradicional, aun empujando contra discursos y prejuicios, un día llegué al gobierno federal. Y ahí cumplí la promesa que le hice afuera del Monte de Piedad: descubrí que conociendo de leyes ambientales se podía hacer dinero. Y lo hice.

Después volví a caer, no por pobreza, sino por algunos demonios que yo no sabía que vivían dentro de mí.
Pero esa ya es otra historia.


La comprensión universal

Con el tiempo entendí que los modelos mentales de pobreza no nacen dentro de nosotros: los vamos aceptando sin darnos cuenta. Se nos pegan como el olor del humo en la ropa, como cuando desayunábamos frijoles hechos con manteca y tortillas a mano allá en Huipiltepec. Vienen de la familia, de lo que escuchamos en la calle, de la cultura que heredamos, de los miedos de los que vinieron antes. Se siembran desde niños y se quedan ahí, como si fueran verdades. Son frases que la gente repite hasta que parecen leyes invisibles: que el dinero es escaso, que la vida es dura, que la ambición es peligrosa, que uno debe conformarse con poco para no tentar a la suerte.

Pero también descubrí que esos modelos no son permanentes.
Uno puede cambiarlos.
Se transforman cuando empezamos a cuestionar la historia que nos contaron y, sobre todo, la historia que nos contamos a nosotros mismos. Cambian cuando dejamos de creer que las circunstancias deciden por nosotros y empezamos a creer que somos nosotros los que decidimos qué significado darle a lo que vivimos.

La primera corrección ocurre en silencio: cuando uno deja de repetir lo que escuchó y empieza a pensar con su propia cabeza. Cuando uno deja de culpar al país, a la familia, al pasado, a la suerte, y empieza a reconocer que el rumbo de la vida depende del tipo de ideas que uno sostiene con fuerza todos los días. Ahí, en esa intimidad mental donde nadie más puede entrar, es donde se empieza a mover la aguja.

Y entonces pasa algo curioso:
cuando uno deja de aceptar la escasez como destino,
el destino empieza a moverse.
Cuando uno deja de agachar la cabeza,
las oportunidades empiezan a aparecer.
Cuando uno deja de pensar en sobrevivir
y empieza a pensar en crear,
la vida se abre.

Fue así como entendí que la pobreza no solo se vive:
también se hereda.
Pero la abundancia también.
Y esa, a diferencia de la otra,
se puede inaugurar con una sola decisión profunda:
pensar distinto.


Aquí, en las montañas

Ahora, viviendo en las montañas de Colorado, en USA, cerca del Monte Sopris, todo esto se vuelve más claro. Y es por dos razones.
Primero, porque amanezco todos los días bajo la sombra de esa montaña enorme, silenciosa y perfecta. Cada vez que la miro —cuando el sol la enciende de naranja o la viste de nieve— siento algo que ya conozco: me recuerda esos momentos de mi vida en los que yo veía, desde abajo, a la montaña llamada Emma Pazos. Una presencia que no necesitaba hablar para sostenerme, un faro que me enseñó que la fuerza verdadera es callada.

Y segundo, porque hoy vivo en un modelo mental distinto, uno que yo mismo elegí y construí. Uno donde la disciplina abre caminos, donde el trabajo honesto rinde frutos, donde la voluntad se convierte en dirección. Este modelo mental no pertenece a un país; pertenece a la mente que lo adopta. Se puede manifestar aquí, en las montañas de Colorado, y también allá, donde nací, donde caminé descalzo por primera vez, donde aprendí el valor del esfuerzo en una casa humilde.

Hoy esta es la realidad que manifiesto: una realidad de abundancia, de claridad y de propósito. Y lucho por sostenerla en cualquier lugar donde ponga los pies.
Tal vez así —si la vida me lo concede— un día pueda volver a esos lugares que me vieron crecer y encender ahí también esta misma luz.
Tal vez pueda ser para alguien más lo que Emma Pazos fue para mí: un recordatorio de que la vida es dura, sí, pero también justa con quien la enfrenta de pie.

Y claro, aquí, rodeado de una naturaleza que fue, es y será rica por siempre, veo la abundancia manifestada sin esfuerzo, derramada en cada árbol, en cada arroyo, en cada cielo que amanece nuevo. Y al verla, comprendo algo simple y profundo: también formo parte de esa abundancia. No estoy separado de ella. Soy un pedazo de ese orden que nunca ha sido pobre.


El abastecimiento de hoy

Hoy me hice responsable de mi vida:
me puse a estudiar un idioma,
a aprender el oficio,
a pulir mis herramientas,
a mejorar al individuo que soy.

Y cuando uno mejora por dentro, solo atrae mentalidades adecuadas:
gente que no ve en la pobreza un camino honorable,
sino un obstáculo que se supera con carácter.

Porque para llegar hasta aquí hubo que trabajar,
hubo que pelear contra mis propias ideas equivocadas,
hubo que entender que la vida es simple, sí,
pero no fácil…
y, aun así, profundamente justa.

Y hoy lo hago honrando la promesa que le hice a Emma Pazos,
imitándola en su manera de caminar contra la adversidad,
repitiendo su ejemplo mientras yo caminaba a su lado.
Ella peleó su vida con carácter, con dignidad y con fuerza,
y ese modo de vivir —más que sus palabras—
se convirtió en la brújula que me guía todavía.

Por eso, hoy mi mente ya solo reconoce un lado:
el bueno, el perfecto y el individual.

El lado de quien finalmente entendió
que la provisión no llega…
se genera.


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