Borges decía, siguiendo a Valéry y a Emerson, que la literatura es una trama infinita donde cada autor reescribe lo ya pensado, donde cada verso late en otro verso previo, y donde lo nuevo no es otra cosa que el eco de lo eterno. La “flor de Coleridge” —esa visión de un hombre que despierta con una flor del Paraíso en la mano— es símbolo de que lo esencial siempre se repite, de que la invención no es propiedad de un individuo sino herencia universal.
La naturaleza obra con la misma lógica. Hace poco, en mi jardín de Colorado, nacieron tres robins americanos. Los llamé, para poder narrarlos, Ricardo, Renata y Raquel. Los tres alzaron vuelo, emigraron y volvieron, cumplieron su ciclo, repitieron la danza milenaria de la vida. Después vendrán sus hijos, y los hijos de sus hijos, y si borro los nombres, lo que queda es lo mismo de siempre: la maravilla de la reproducción, la continuidad de lo vivo, la perpetuidad de un canto rojo sobre la hierba. Un futuro habitado por otros observadores, en otras casas, que verán lo mismo y creerán, como yo, que es un milagro irrepetible. Pero la naturaleza ya lo había escrito.

Whitman intuía algo semejante en Leaves of Grass: que el poeta no inventa la vida, sino que la celebra y la canta como parte de un coro interminable. Emerson, en sus ensayos, afirmaba que cada poema es apenas una variación de un solo gran poema universal. Borges lo dijo de los clásicos: cada escritor hereda y repite, con variaciones, el núcleo central que no cambia. La literatura, como la naturaleza, no es más que repetición con matices. Y esa repetición no la hace menos milagrosa, sino más admirable.
Yo extiendo esa lógica hacia la idea de los Estados Unidos. Esta nación no es solo un territorio ni una bandera, es una idea. Una idea que siempre estuvo allí y que siempre volverá, como los robins en primavera, como los versos que resuenan a través de los siglos. No depende de un hombre, ni de un gobierno, ni de un tiempo particular: depende de que alguien, en cada generación, la enseñe, la esparza, la ame.
Los datos lo confirman: hoy los inmigrantes y sus hijos constituyen alrededor del 28 % de la población estadounidense; más de 93 millones de personas. Uno de cada cuatro niños —unos 18 millones— vive con al menos un padre inmigrante. Y, según el último censo, la mitad de los niños del país ya no son identificados como blancos, sino como parte de grupos étnicos diversos. Este país, por tanto, ha dejado de ser homogéneo en su piel; lo que lo sostiene no es la uniformidad del color, sino la continuidad de la idea.
Hace poco vi una película llamada Warfare. En ella, un grupo de marines es emboscado. Sabemos cómo se desarrolla una batalla: la muerte acecha, el peligro es constante, y la vida de cada uno depende del otro. Lo que me llamó la atención no fue el fuego cruzado, sino la diversidad de nombres y rostros: latinos, judíos, afroamericanos, anglos. En el campo de batalla esa diversidad es invisible, porque todos saben que solo hay una forma de sobrevivir: amar al grupo como a uno mismo. El objetivo mayor no es la gloria individual, sino mantener al mayor número con vida.
Así también sucede con el país. Lo que lo debilita no es que su piel haya dejado de ser blanca, sino que algunos han dejado de pensar como país. El verdadero problema no es racial: es de ethos, de pensamiento, de identidad. El desafío está en recuperar las ideas fundacionales —la libertad, la igualdad de oportunidades, la dignidad del trabajo— y unirlas con las ideas progresistas que lo han mantenido grande a través del tiempo. Estados Unidos nunca ha dejado de ser grande; lo que ha disminuido es la fuerza de su pensamiento colectivo, ese que sostenía el E Pluribus Unum: de muchos, uno.

Por eso debemos ser maestros como la naturaleza, que nos entrega robins para observar eternamente. Debemos ser escritores como los clásicos, que reconocieron que su obra era apenas un capítulo de un poema mayor. Y debemos ser humildes para aceptar que nunca se trató de nosotros, sino de la idea que nos trasciende: la idea de un bien universal para el mayor número, la idea Estados Unidos.
Porque lo que Coleridge vio en su sueño, lo que Borges descifró en sus páginas, lo que Whitman celebró en su canto, lo que yo vi en mi jardín, es lo mismo: que todo lo verdadero vuelve, que lo esencial se repite, que lo eterno no muere.
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