Este año aprendí algo esencial: dar gracias es una forma de estar despierto.
No como un gesto aprendido, sino como un reconocimiento profundo de lo que ya es.
Los años —y las voces que los han acompañado— me han dicho que la vida
no se pierde solo cuando termina,
sino cuando se nos escapa sin darnos cuenta.
Doy gracias por vivir cerca de la montaña,
porque su silencio me ha enseñado a atender.
Porque su permanencia me recuerda que no todo debe moverse para estar vivo.
Cada amanecer sobre sus líneas firmes ha sido una lección de paciencia,
pero también de urgencia serena:
la montaña no corre, pero no desperdicia el día.
Doy gracias por haber encontrado, aunque sea un poco, entendimiento.
No el que presume certezas, sino el que acepta preguntas.
El que no grita, pero acomoda.
El que no exige, pero aclara.
Los años me han enseñado que este entendimiento
no llega de golpe,
sino cuando dejamos de vivir distraídos
y comenzamos a abrazar cada hora.
Doy gracias por haber aprendido a ser mejor con quienes están frente a mí:
con el rostro ajeno, con la palabra compartida, con la diferencia.
Pero sobre todo, doy gracias por haber sido más justo
con aquel que me mira cada mañana desde el espejo.
Porque las voces antiguas y las recientes coinciden en algo:
la mayor negligencia no es fallarle a otros,
sino abandonarse a uno mismo sin notarlo.
Gracias por el talento —aparente o real—
de poder formar estructuras sintácticas que resultan agradables para la mente de otros.
Gracias por darme tantas ideas en forma de tinta,
por permitir que el pensamiento encuentre cauce
y que lo invisible tome forma.
Porque he aprendido que cuando la mente se ordena,
la vida empieza, poco a poco, a seguirla.
Gracias, vida.
Y gracias, Dios, por ser la Palabra.
Porque es la palabra mi más hermosa pertenencia.
Es la palabra la que hace posible que se manifiesten
las cosas materiales y visibles,
que no son otra cosa que el resultado fiel
de una causa mental invisible.
Nada aparece sin haber sido pensado antes,
y nada se sostiene sin atención.
Gracias por la calidad de pensamiento necesaria
para vivir una vida tan plena.
Una vida que aún no es del todo la que deseo,
pero que hoy se vislumbra infinitamente más clara
que en muchos ayeres.
Porque el tiempo me ha enseñado
que no es pobre quien tiene poco,
sino quien no cuida lo que le ha sido dado.
Gracias por los amaneceres,
porque cada uno es una oportunidad no repetida.
Por las aves que se acercan a la ventana
y recuerdan, sin decirlo,
que la abundancia no hace ruido
y que nadie les ha prometido mañana,
por eso habitan el ahora.
Gracias por todo y por todos.
Por los vínculos que sostienen,
por los encuentros que sanan,
por lo que permanece
y por lo que enseña al irse.
Porque incluso lo que se pierde
no se va en vano
si fue vivido con presencia.
Gracias por ser.
Gracias por permitirme ser.
Gracias por todo lo que me rodea
y por todo lo que hace posible
que incluso en los días nublados
pueda ver los cielos más azules,
aun cuando no lo están.
Los años y las voces que los han acompañado
me han dicho, una y otra vez,
que el tiempo no se honra usándolo,
sino habitándolo.
Y en ese acto sencillo,
cuando la atención vuelve a casa,
la vida deja de pasar…
y comienza, por fin,
a quedarse.
Deja un comentario