Ensayos y crónicas sobre fronteras y pertenencia · Essays and chronicles of borders and belonging

Putería revolucionaria

Read this in English

Una vagina sana y sexualmente atendida activa dopamina, oxitocina y opioides naturales, sustancias que fortalecen la conexión, la alegría y el sentido de confianza. El placer —y especialmente el orgasmo— no es trivial: participa en la construcción de la identidad femenina.

Cuando tengo un sexo verdaderamente bueno, mi confianza se eleva. Me siento capaz, creativa, lúcida. Me siento bien conmigo misma. Es como si algo interno se ordenara y el mundo se volviera habitable otra vez.
— Naomi Wolf, Vagina: A New Biography

Eso es lo que siempre me ha gustado de las putas como tú.
Porque ser puta en un mundo lleno de misóginos, de hijos del miedo y guardianes de una moral que no practican, no es sencillo. Requiere un valor antiguo, casi instintivo. Un valor que no pide permiso.

Anoche estuve contigo y me dijiste algo que todavía me acompaña.
Me hablaste de cómo a veces el cuerpo no busca velocidad, sino atención. De cómo el deseo no siempre quiere llegar rápido, sino quedarse. Me dijiste que hay encuentros que no se miden en orgasmos, sino en el tiempo que alguien se atreve a habitar la piel del otro sin huir.

Me hablaste de la lentitud como una forma de poder.
De cómo aprender el cuerpo ajeno es un acto de escucha.
De cómo tocar no es tomar, sino esperar.

Y entendí algo: ustedes cargan prejuicios que otros no se atreven ni a nombrar porque ustedes sí han aprendido a mirar de frente lo que sienten. Caminan a plena luz del día con el cuerpo abierto como una verdad simple, cotidiana, honesta. Y eso incomoda. Porque no hay nada más violento para el inseguro que alguien que no se avergüenza de su propio deseo.

Me dijiste que hay noches que no son perfectas, que no siguen ningún guion. Que a veces el deseo tropieza, se ríe, se reajusta. Que no son fantasías limpias, sino cuerpos reales buscando un lugar donde descansar juntos. Y pensé en lo peligrosas que son esas palabras para un mundo que solo acepta el deseo cuando está editado.

Como escribió Anaïs Nin, y tú lo repetiste sin citarla:
“El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo.”
Y eso —conocerse— es peligroso. Porque quien se conoce ya no obedece a ciegas.

A ustedes las reducen a números, a bocas, a rumores, mientras quienes las juzgan tiemblan frente al espejo. Les dicen “putas” no por lo que hacen, sino por lo que representan: libertad sin disculpas. Autonomía sin manual. Cuerpo sin dueño.

Me dijiste también que hay encuentros que son torpes, humanos, imperfectos… y aun así verdaderos. Que no todo es violencia ni prisa. Que también hay deseo que cuida, que se adapta, que aprende el ritmo del otro. Y ahí entendí que su erotismo no es escándalo: es presencia.

Las juzgan de día y las buscan de noche. Las insultan en público y las desean en secreto. Se ríen de ustedes porque, en el fondo, lo único que quieren es vivir con esa misma honestidad corporal. Pero no pueden. No se atreven. Entonces rezan. Rezan para que Dios les apague lo que nunca aprendieron a escuchar.

Yo no las prefiero a pesar de todo esto.
Las prefiero por todo esto.

Porque una puta no es muy distinta de una revolucionaria: ambas entienden que el cuerpo también piensa, que el deseo también es discurso, que decir “este cuerpo es mío” es una forma de desobediencia profunda.

Y sí, les llaman putas como antes llamaban brujas, herejes, locas. Siempre el mismo gesto torpe: nombrar con desprecio a quien no se deja domesticar. Pero la historia es clara —siempre lo ha sido—: las que arden primero son las que iluminan el camino.

Porque el erotismo no es pornografía.
Es conciencia encarnada.
Y toda conciencia que no se disculpa termina siendo revolucionaria.


Descubre más de Emiliano del Refugio

Suscríbete para recibir las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Descubre más de Emiliano del Refugio

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Continuar leyendo