Ensayos y crónicas bilingües sobre fronteras y pertenencia//Bilingual essays and chronicles of borders and belonging

“Cada día muero.”
San Pablo, Primera carta a los Corintios 15:31

Y aquí viene, una vez más, ese momento en el que la vida se presenta como una manifestación de mi comodidad incómoda. No es dolor, no es tragedia, no es quiebre. Es algo peor: es estabilidad sin verdad plena. Es el eco de una vida que funciona, pero no obedece del todo a lo que ya sé. La palabra crisis vuelve a aparecer en las mentes humanas que me rodean, pronunciada como si todavía tuviera el poder de antes. Y aunque ya no me afecta como solía hacerlo, a veces logra descolocarme ligeramente. No porque sea real, sino porque aún queda en mí una parte que responde. Una parte que todavía cree. Una parte que todavía tiembla.
Una parte humana.

Y esa es la evidencia principal:
ese yo no ha muerto.

En realidad, eso es lo que necesita desaparecer. No por error, sino por desfase. El yo de antes, el que aún habita en mí como una presencia residual, el que sigue viviendo a la humana, el que continúa reaccionando bajo categorías que ya no me representan. Ese yo es el que permanece reticente al entendimiento que ya conozco. No ignora la verdad: la resiste. Y esa resistencia ya no es inocente.

No hablo de un enemigo.
Hablo de una versión caduca.

Ese yo debe morir. Y si no sucede de manera natural, si no se disuelve por comprensión, entonces habrá que elaborar un plan. Pensarlo con frialdad. Diseñarlo sin culpa. Convertirme en el autor intelectual del acto que lo retire del mando. No por violencia física, sino por responsabilidad espiritual.

Porque en ese sentido estricto, hacerme cargo de mí mismo implica esto: asumir mi capacidad ilimitada como creador del bien, de la perfección, del orden. Y aceptar que no puedo seguir cargando una dualidad que me mantiene fuera. La puerta es estrecha. Y yo sigo intentando cruzarla con dos individuos a cuestas: el yo que ya sabe y el yo que insiste en dudar.

Así no se entra.

Por eso este texto no es un arrebato. Es una premeditación.
No he ejecutado el asesinato.
Pero he comenzado a pensarlo con seriedad.

Te tienes que morir —le digo al yo antiguo—.
No porque seas malo, sino porque ya no eres necesario.
Porque una verdad vivida a medias se siente a medias.
Y esa sensación es una forma sofisticada de frustración.

Es frustrante contar con toda la información para crear un mundo perfecto y seguir sin hacerlo porque una parte de mí se aferra al miedo, a la duda, a la incertidumbre. No como drama, sino como costumbre. La comodidad incómoda es eso: un estado donde nada duele lo suficiente como para justificar el cambio, pero todo pesa lo suficiente como para impedir el avance.

El yo humano es maleza en un jardín que ya aprendió a florecer.
No destruye el jardín, pero le roba luz.
No mata las flores, pero las retrasa.

Es un parásito elegante.
Consume energía y no entrega visión.

Esta vida es demasiado perfecta para seguir cargando error, temor y vacilación. No desde la arrogancia, sino desde la coherencia. Por eso, en vísperas de cumplir cuarenta y siete años, dejo constancia: el proceso ha comenzado. No busco explicaciones que me absuelvan. No necesito justificación moral. Me declaro culpable del crimen que aún no se consuma, en favor de mi yo futuro.

Si hubiera autoridades ante las cuales presentarme, lo haría sin titubeos. Les diría que no todos los asesinatos son en vano. Que algunos ocurren para elevar el nivel del pensamiento de la especie. Que este, en particular, no dejará sangre, ni cuerpo, ni escena del crimen. Solo una mente más afinada.

La defensa será estrictamente espiritual.
Y será irrefutable.

Porque una vez demostrado que somos seres mentales, no habrá delito que perseguir. No existió nunca el cuerpo. No hay víctima material. Solo la eliminación consciente de una autoridad interna que ya no cumple su función.

Lo único que quedará será una mente reforzada.
Una conciencia que recordó lo que siempre fue.
Buena. Perfecta. Individual.

Este no es el relato de un suicidio.
Es la crónica de un asesinato propio en grado de tentativa.
Un expediente abierto.
Una vigilancia constante.

El antiguo yo aún respira.
Aún opina.
Aún intenta intervenir.

Pero algo ha cambiado para siempre:
ya no gobierna sin oposición.

Y eso, aunque todavía no sea la ejecución,
es el principio del fin.


— Emiliano del Refugio


Discover more from Emiliano del Refugio

Subscribe to get the latest posts sent to your email.

2 respuestas

  1. Avatar de Sandrinne Élan

    Gracias por este texto tan lúcido.
    Me ha resonado esa idea de una versión que ya no manda, aunque aún respire.
    Leerlo me ha confirmado algo que no siempre sé explicar:
    que el cambio empieza mucho antes de que se vea.

    1. Avatar de Emiliano del Refugio

      Gracias a ti por leer con esa atención tan viva.
      Lo que nombras es esencial: el cambio siempre comienza en un lugar silencioso, casi invisible, mucho antes de que pueda respirarse hacia afuera. Si el texto logró acompañarte en ese reconocimiento, entonces ya cumplió su camino.

Deja un comentario

Discover more from Emiliano del Refugio

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading

Discover more from Emiliano del Refugio

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading