«Cada época debe escribir sus propios libros; cada generación, por sí misma, debe escribirlos.»
— Ralph Waldo Emerson, The American Scholar
Hay días en que la escritura deja de ser un acto solitario y se vuelve puente.
Uno escribe siempre con la secreta esperanza de llegar lo más lejos posible, pero aprende —con el tiempo— que la literatura sin lectores es letra inmóvil, un cuerpo sin respiración. La poesía no vive en quien la escribe: vive en quien la lee y se reconoce.
Escribo y eso es todo.
Escribo: doy apenas la mitad del poema.
La otra mitad ocurre en silencio, cuando alguien —lejos, desconocido— entra al texto y lo vuelve experiencia. No leemos a otros: nos leemos en ellos. Y en ese gesto mínimo, casi milagroso, un extraño se mira en un espejo que no sabía que existía.
La poesía no es tinta negra sobre página blanca.
La poesía es el lugar del encuentro con la experiencia ajena.
El lector o la lectora harán —o no— el poema que apenas he esbozado. Si hay algún mérito en ello, no pertenece al autor, sino a los versos. Incluso Pessoa lo sabía: el poeta, si acaso es grande, dejará unos pocos poemas verdaderos rodeados de intentos fallidos, borradores y silencios. Sus opiniones personales importan poco. Lo esencial ocurre en otra parte.
Vivimos en un mundo extraño: cada día interesan más los poetas y cada vez menos la poesía. El poeta dejó de ser la voz de la tribu para convertirse en un entertainer más. Su biografía, sus excesos, sus alianzas y sus conflictos circulan con facilidad; los poemas, no. Y sin embargo, sigo pensando que la poesía es otra cosa: una forma de amor que sólo existe en silencio, en un pacto secreto entre dos desconocidos.
Por eso siempre me ha atraído la idea del anonimato. Juan Ramón Jiménez soñó con una revista sin firmas, hecha de poemas y no de poetas. Yo también quisiera eso: que la poesía fuese anónima porque es colectiva. Que se hablara del texto y no del nombre. Que, si un verso conmueve, poco importe de quién sea. En realidad, los poemas pertenecen a quien los lee. Usted, su autor, que los inventa al leerlos.
Ayer ocurrió algo que me confirmó todo esto.
Un maestro —alguien que ha sido clave en mi camino— compartió uno de mis textos sin pedirme permiso. Lo hizo porque sintió que debía hacerlo. Y el texto viajó. Llegó a lugares que no controlo, a personas que no conozco. Hubo respuestas. Muchas. Lectores que se reconocieron, que dijeron “yo he estado ahí”, que nombraron esa incomodidad que duele y que exige morir a versiones antiguas de uno mismo.
Alguien me dijo: “al parecer desbloqueaste un nuevo nivel de escritura”.
Tal vez ese sea el premio más alto.
Confieso que sentí una extraña pena: la incomodidad de ser leído por desconocidos. Sigo creyendo que se ha dicho demasiado sobre casi todo y que, quizá, deberíamos leer más y escribir menos. Pero también recuerdo la tarea que Emerson asignó al genio de cada época: escribir nuestros propios libros, expresar nuestras propias ideas, pensar con voz propia. Y entonces vuelvo a escribir.
He dejado de escribir para ser etiquetado como autor. Incluso el deseo —legítimo— de vivir de la escritura lo imagino desde el anonimato. No busco fama; busco abastecimiento. Busco honrar a la literatura, no al literato. Busco estructuras que hagan más simple lo complejo, una sintaxis que ayude a decir lo que pensamos con mayor claridad y honestidad. Busco, sobre todo, que no me lean, sino que se lean en mí.
Ayer fue un día de gratitud.
Gratitud a la inteligencia —o a la armonía— que hizo posible un texto con ese alcance y ese sentir. Gratitud a quienes lo compartieron, a quienes lo leyeron, a quienes permitieron que las palabras cumplieran su función esencial: ayudar a pensar y a sentir mejor, aunque sea por un instante. Gratitud también a quienes, con una acción silenciosa, hicieron posible que las letras llegaran a más mentes abiertas, buenas y perfectas.
Ayer confirmé que es posible escribir y ser leído.
Ser leído y, en ese acto, ayudar a descifrar lo que duele para recomponerlo. Crear, a partir de ello, un escenario un poco más habitable.
No conoceré a muchos de mis lectores.
Tal vez nunca cruce sus caminos ni escuche sus voces.
Pero en el instante silencioso en que un texto los toca,
en ese segundo en que alguien se reconoce en una frase
y entiende algo de sí mismo,
ya no somos extraños.
Ahí ocurre lo único que importa:
la palabra cumple su destino,
el poema deja de ser mío,
y la literatura —por un momento— vuelve a estar viva.
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