
No importa si son 46 o 47.
Hay números que pertenecen al calendario… y hay otros que pertenecen al alma.
La fecha más valiosa no es la que figura en un acta, sino aquella en la que uno vuelve a nacer.
Dicen por ahí —y no es una frase menor— que todos tenemos dos vidas, y que la segunda empieza cuando entendemos que solo tenemos una. Yo lo entendí hace algunos años, y desde entonces algo se acomodó en silencio.
No voy a usar las letras para explicar lo que se siente vivir bien.
Porque eso —lo verdaderamente esencial— es inefable.
No cabe en palabras. Solo se reconoce.
Pero sí puedo decir algunas verdades que aprendí en el camino:
Que no es lo que entra por la boca lo que daña, sino lo que sale de ella.
Que la vida es buena, profundamente buena.
Que es tan justa y tan perfecta, que sería imposible que lo que parece mal proviniera del mismo origen que todo lo bello que nos rodea.
Que el cuerpo llevaba mucho tiempo en este plano, pero el alma apenas estaba empezando a habitarlo.
Y entendí algo más:
Que el bien es tan poderoso, que unos pocos años vividos con conciencia bastan para disolver décadas de confusión.
Que la claridad no borra el pasado, pero lo vuelve irrelevante.
Que lo borroso no era la vida… era la mirada.
Hoy no se trata de explicar.
Hoy se trata de agradecer.
Gracias a esta existencia extrañamente precisa.
Gracias a esta justicia silenciosa.
Gracias a esta oportunidad irrepetible de estar aquí, ahora, despierto.
Y sobre todo, gracias a ti, Emiliano.
Por lo que fuiste cuando no sabías.
Por lo que eres ahora que ves.
Y, especialmente, por lo que estás a punto de ser.
Porque hay una versión tuya —muy cerca ya—
que no necesita buscar más,
solo seguir caminando.
Deja un comentario