“Y he aquí que Tú estabas dentro de mí, y yo fuera; y por fuera te buscaba.”
— San Agustín, Confesiones

El verbo viene del latín intendere, que quiere decir: dirigirse hacia adentro, extenderse hacia adentro.
Yo no lo sabía. No lo entendía, ya que pasé la mayor parte de mi vida viviendo en los exteriores, a veces muy cerca de los límites de aquellos lugares donde lo único fértil es lo superfluo, lo frívolo, lo desechable.
Sucedía entonces que la carencia del entendimiento no me permitía ver aquello que trasciende al tiempo, a la materia.
Alrededor de mí, la realidad se difuminaba, porque, bruto y ciego, creía que el universo giraba en torno a mí.
Me volví aficionado a placeres mundanos que me alejaban de las bellas artes.
El ruido en mi cabeza no me permitía el análisis y la reflexión necesarios, ambos, en los momentos donde la soledad disipa la oscuridad, la ceguera.
Pero un día me cansé y volví a ser aquel que no disfrutaba de las convenciones sociales. Me adentré en los bosques que surcaban mi casa, y también en los bosques que surcaban las mentes de aquellos que escribían mis libros favoritos.
Y entonces las letras, pero sobre todo la vida, comenzaron a tener sentido.
Descubrí en mí la capacidad de ver milagros y, a través de ellos, fui capaz de comprobarlos mediante el método científico.
Un día me adentré en el bosque y después lo hice en mí mismo, y desde entonces, desde adentro, entendí todo lo que pasa afuera.
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