Ensayos y crónicas bilingües sobre fronteras y pertenencia//Bilingual essays and chronicles of borders and belonging

Moisés dijo a Dios: «Si voy a los hijos de Israel y les digo:
“El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”,
y ellos me preguntan: “¿Cuál es su nombre?”,
¿qué les responderé?»

Dios dijo a Moisés:
«YO SOY EL QUE SOY».

Y añadió:
*«Así dirás a los hijos de Israel:
YO SOY me envió a vosotros».

— Éxodo 3:14

La primera vez que leí este versículo no entendí nada.

Pensaba que el lenguaje de los dioses y de los profetas había sido creado para dioses y profetas, y que nosotros —en nuestra condición de humanos terrenales— no habíamos nacido para comprender esos diálogos. Le atribuía mi falta de entendimiento a códigos divinos, como cuando en las películas dicen esto es un secreto de Estado y solo quienes gobiernan tienen acceso a esa información.

Y, sin embargo, algo no me dejaba en paz.

Porque me parecía profundamente injusto que palabras tan llenas de verdad vinieran acompañadas de la promesa de que entender esta verdad nos haría libres, y aun así parecieran escritas en un idioma vedado.

Maldita mierda, pensaba.
Cada vez que leía más, entendía menos.

El efecto era siempre el mismo: dejar de leer, dejar de intentar comprender, y entregárselo todo a ese Dios lejano, con bata blanca, sentado en una nube, dibujando destinos ajenos.
Y sin darme cuenta, dejaba que otros dibujaran el mío.

Así fue como aprendí a culpar.
No como un acto consciente, sino como un reflejo aprendido.
Cuando no entiendes, buscas afuera.
Cuando no comprendes, desplazas.

Era la falta de entendimiento —y la sensación de injusticia— lo que terminaba gobernando mis días.

Pero no cesé.

Leí y volví a leer.
Y como no entendía los Evangelios, bajé niveles.
Me fui a lecturas despreciadas, populares, menores.
Y esas lecturas —sin saberlo— comenzaron a entrenar algo más que mi gusto: entrenaron mi paciencia.

Entonces comprendí a Borges cuando escribió:

«Yo no aconsejo leer solamente libros buenos.
Uno debe leer de todo, incluso libros malos,
porque esos libros, por contraste,
llevan finalmente a los buenos».

Con el tiempo, la frase dejó de ser literaria y se volvió biográfica.

Me vi leyendo el Sensacional de Luchas, El Libro Vaquero; historias directas, sin prestigio, pero llenas de pulso. Después vinieron José Agustín, Villoro, Paz, Sabines.
Más tarde, otros nombres que ya no se leen: se atraviesan. Wilde, Whitman, Emerson, Kipling.
Y finalmente —como si el trayecto hubiera sido siempre ese— llegué a aquellos que fueron los escribas del carpintero.

Entonces entendí algo esencial: el problema nunca fue el texto, sino la prisa del lector.
Había verdades que no se abrían en el papel, sino en la vida.

Del mismo modo en que fueron mejorando mis lecturas, también comenzaron a hacerlo mis paisajes.

Sin darme cuenta, el mapa exterior empezó a acompañar al interior.
Comencé en un pueblo pequeño llamado Martínez de la Torre, donde el mundo parecía terminar en las mismas calles todos los días.
Después anduve por Puebla, por Ciudad de México, y más tarde el camino se abrió hacia Buenos Aires, Montevideo, São Paulo.
Crucé el océano y caminé Londres, Berlín, Roma, Madrid.

En cada ciudad, en cada esquina, las preguntas seguían apareciendo.
No eran nuevas, pero sí más precisas.

Y al mismo tiempo, algo —todavía sin nombre— comenzaba a insinuarse:
había una razón por la cual ciertos edificios parecían más vivos,
por la cual algunas plazas respiraban distinto,
por la cual el norte y el sur no se sentían iguales,
aunque yo aún no supiera explicar por qué.

No tenía respuestas.
Solo movimiento.

Seguía caminando porque en ese acto —en el simple hecho de no detenerme— la Vida seguía fluyendo.
Y aunque todavía no entendía qué hacía verdaderamente bello a un lugar, intuía que no era solo la piedra, ni la altura, ni la historia, sino algo invisible que se manifestaba cuando el hombre y su obra se alineaban con un orden más profundo.

Yo aún no lo sabía.
Pero seguía caminando.

Y mientras yo aprendía lentamente a leer mejor, también aprendí —sin notarlo— a vivir peor cuando dejaba de entender.
Porque cuando el entendimiento no madura, se transforma en queja.
Y la queja, con el tiempo, aprende a organizarse.

Así fue como el mundo que habitaba empezó a parecerse cada vez más a mi confusión interior.
No apareció de golpe.
Se fue instalando.

Primero, la costumbre de explicar todo en términos externos.
Luego, la facilidad de señalar.
Después, la tranquilidad engañosa de saber siempre a quién culpar.

El mundo moderno solo perfeccionó ese gesto antiguo.
Las pantallas lo aceleraron.
Las redes lo amplificaron.
Los algoritmos aprendieron a ofrecernos culpables del mismo modo en que antes nos ofrecían anuncios.

Si algo fallaba, la causa ya estaba servida: el sistema, la frontera, la historia, la ideología, el otro.

Como inmigrante, aprendí pronto a leer el mundo como un mapa de obstáculos externos: papeles, leyes, idiomas, contextos. Y no miento: existen.
Pero confundí la dificultad con la causa.
Confundí el entorno con el origen.

Busqué justicia afuera como quien busca señal en un desierto digital.
Y la encontraba… por instantes.
Pero ninguna de esas justicias me transformaba.

Hasta que una mañana amanecí.

Sin revelaciones.
Sin épica.
Solo una mañana fresca, el sol haciendo lo suyo y una quietud extraña.

Me miré al espejo.

Y entonces ocurrió lo que jamás ocurrió en los libros: la justicia se presentó.
No como castigo.
No como condena.
Sino como reconocimiento.

El culpable número uno estaba ahí.

Era el mismo que fracasó en un matrimonio.
El mismo que engañó creyendo que huía.
El mismo que se perdió en adicciones.
El mismo que abrió la puerta a la depresión.
El mismo que perdió años buscando respuestas en lugares equivocados.

No era el sistema.
No era la infancia.
No era la frontera.
No era el algoritmo.

Era yo.

YO SOY— me dije.

Y por primera vez entendí lo que Moisés había escuchado sin metáforas:
no un nombre lejano, sino una responsabilidad inmediata.

Yo soy el que ha hecho todo.
Lo bueno y lo malo.
Lo pequeño y lo grande.
Yo soy el origen de mis efectos.

Ese día el mundo no cambió.
Pero yo sí.

Y entonces los verdes fueron más verdes, los azules más profundos, el agua más clara, las aves más luminosas.
No porque el mundo fuera otro, sino porque dejé de mirarlo desde la culpa.

Ahí entendí algo esencial, aunque todavía incompleto:
que las condiciones externas no determinan mis condiciones internas,
que es mi manera de estar en el mundo —mi mirada, mi disposición, mi conciencia— la que califica cada experiencia.

No fue un despertar total.
No hubo revelación definitiva ni certeza conquistada para siempre.
Pero comprender, aunque fuera apenas, que YO SOY el que participa en la creación de todas mis experiencias, fue un paso enorme en la búsqueda de un entendimiento más justo de la vida.

No una justicia punitiva, obsesionada con señalar,
sino esa justicia silenciosa de la que hablan los Evangelios,
la que comienza cuando uno deja de vivirse solo como efecto
y acepta, con temblor y dignidad, su lugar como causa.

Ese entendimiento no me volvió perfecto,
pero me fue alineando —lentamente—
con algo más amplio que yo mismo:
con una expresión del universo donde la responsabilidad no condena,
sino que ordena,
donde nada ocurre por azar moral,
y todo invita a ser asumido.

Y no se confundan cuando hablo del YO SOY.

Una gota del mar no es el mar.
No lo contiene en extensión,
no lo gobierna,
no lo agota.

Pero su composición es exactamente la misma.
La misma sal,
la misma agua,
la misma naturaleza.

Tal vez esa sea la forma más clara —y menos arrogante— de entender lo que significa haber sido creados a imagen y semejanza:
no como dioses completos,
sino como expresiones fieles de una misma esencia;
no como el Todo,
sino como una parte capaz de reflejarlo.

Desde ahí, el YO SOY no pretende elevarse,
sino alinearse:
vivir, al menos un poco al principio,
a la altura de aquello de lo que procede,
hasta que, con el tiempo y la conciencia,
encuentre la verdadera semejanza
con aquello que lo precede
y acceda, no por imposición sino por comprensión,
a la vida eterna.


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