Ensayos y crónicas sobre fronteras y pertenencia · Essays and chronicles of borders and belonging

Cuando las montañas hablan

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Paisaje campestre con varios caballos pastando en un prado bajo un cielo nublado y montañas al fondo.

Vivo en las montañas de Colorado, en Estados Unidos, en un pequeño valle donde cada mañana comienza con una imagen que es imposible ignorar. Cuando salgo de casa, antes incluso de que el día haya terminado de despertar, lo primero que aparece frente a mí es el monte Sopris.

Está ahí, enorme y silencioso, dominando el horizonte.

En invierno su cima permanece cubierta de nieve. En verano la luz del amanecer lo pinta con tonos dorados que parecen cambiar a cada minuto. A veces las nubes se apoyan en sus cumbres como si buscaran descansar allí. Otras veces el cielo está completamente limpio y su perfil aparece nítido, majestuoso, casi solemne.

No importa cuántas veces lo vea.

Siempre produce la misma sensación: algo antiguo, poderoso, inmenso, algo que parece haber estado ahí desde siempre.

Contemplar el monte Sopris cada mañana tiene un efecto curioso. Antes de enfrentar las tareas del día, antes de pensar en problemas o decisiones, uno se encuentra frente a una presencia que recuerda lo pequeñas que son muchas de nuestras preocupaciones.

Pero al mismo tiempo, esa presencia despierta otra reflexión.

Porque lo que vemos como una montaña firme, sólida e inamovible no apareció de repente.

La ciencia nos ha enseñado algo profundamente revelador: las montañas no nacen de un día para otro.

No aparecen súbitamente en el paisaje.

Son el resultado de procesos lentos, silenciosos y, durante mucho tiempo, invisibles para el ojo humano.

La corteza terrestre está formada por enormes placas tectónicas que se desplazan lentamente sobre el manto del planeta. Su movimiento es tan lento que una persona no puede percibirlo durante su vida. Y, sin embargo, esas placas están en constante actividad. Se empujan unas contra otras, se deslizan, chocan, se presionan.

Cuando dos de esas placas convergen, la tierra comienza a comprimirse.

Las capas de roca se doblan.
Se pliegan.
Se fracturan.

Durante generaciones enteras puede parecer que nada está ocurriendo. El paisaje apenas cambia. Pero debajo de la superficie, la presión continúa trabajando.

Con el paso de miles o incluso millones de años, esa presión acumulada comienza a elevar lentamente la corteza terrestre. Las rocas que antes estaban en el fondo de la tierra se levantan poco a poco hacia la superficie.

Y así, casi imperceptiblemente, aparece algo que nosotros reconocemos como una montaña.

La cumbre que vemos, la roca que tocamos, la pendiente que escalamos, son solo la parte visible de un proceso profundo que comenzó mucho antes de que la montaña fuera visible.

Primero hubo presión invisible.
Después deformación de las capas de roca.
Luego elevación gradual.
Finalmente apareció la montaña.

Lo que parece sólido y permanente comenzó como algo que nadie podía ver.

Curiosamente, algo muy parecido ocurre en la mente humana.

Las montañas que encontramos en nuestra vida rara vez aparecen de repente. No son simplemente acontecimientos externos que llegan sin explicación. Muchas de ellas se forman lentamente dentro de nosotros.

Todo comienza con algo que tampoco puede verse.

Una idea.

Una idea no tiene peso.
No tiene forma.
No ocupa espacio.

No puede medirse con instrumentos ni observarse con los ojos.

Y, sin embargo, una idea puede iniciar procesos extraordinariamente poderosos dentro de la mente humana.

Una idea repetida comienza a adquirir fuerza.

Con el tiempo deja de ser solo un pensamiento pasajero y se convierte en una convicción interior.

Esa convicción empieza a influir silenciosamente en la forma en que interpretamos el mundo. Empieza a influir en cómo nos vemos a nosotros mismos, en lo que sentimos posible o imposible, en lo que esperamos de la vida.

Después ocurre algo todavía más profundo.

Esa convicción comienza a influir en nuestras decisiones, muchas veces sin que seamos plenamente conscientes de ello.

Elegimos ciertos caminos y evitamos otros.
Nos sentimos cómodos en ciertos ambientes y extraños en otros.
Nos acercamos a personas que refuerzan nuestra visión del mundo.

Con el tiempo esas decisiones repetidas forman hábitos.

Los hábitos crean patrones.

Y los patrones producen resultados.

Cuando esos resultados se repiten durante años, comienzan a parecer parte natural de la realidad. Entonces decimos cosas como:

“Siempre me pasa lo mismo.”
“Así es la vida.”
“Las cosas son así para mí.”

En ese momento la montaña ya está formada.

Así como las placas tectónicas ejercen presión invisible bajo la superficie de la tierra hasta levantar una cordillera, una idea sostenida durante años ejerce una presión silenciosa sobre nuestra conciencia hasta levantar estructuras aparentemente sólidas en nuestra experiencia.

En la tierra, las montañas nacen de presiones invisibles bajo la superficie.

En la mente humana, las montañas nacen de convicciones invisibles bajo la conciencia.

En geología el proceso puede durar miles de años.

En la vida humana puede durar décadas.

Pero el principio es sorprendentemente parecido.

Primero una presión invisible.
Después una deformación del terreno.
Luego una elevación gradual.
Finalmente aparece la montaña.

Primero una idea.
Después una convicción interior.
Luego un patrón de decisiones.
Finalmente una realidad que parece firme e inamovible.

Tal vez por eso una de las frases más sorprendentes del Evangelio adquiere un significado distinto cuando la observamos desde esta perspectiva.

En el Evangelio de Marcos, capítulo 11, versículo 23, Jesús pronuncia unas palabras que durante siglos han desconcertado a lectores y pensadores:

“En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: quítate y échate en el mar, y no dude en su corazón, sino que sienta que lo que dice será hecho, le será hecho.”

Durante mucho tiempo esta frase fue interpretada como una metáfora poderosa de la fe. Pero cuando la observamos junto a lo que sabemos sobre cómo se forman las montañas —tanto en la tierra como en la mente— las palabras comienzan a revelar algo más profundo.

Jesús no dice que debemos empujar la montaña.
No dice que debemos luchar contra ella.
Ni siquiera dice que debemos pedir que desaparezca.

Dice algo sorprendentemente distinto.

Dice: “di a este monte.”

No es una súplica dirigida al cielo.

Es una instrucción dirigida a la montaña misma.

Primero reconocer la montaña.
Después comprender cómo se formó.
Y finalmente hablarle con autoridad interior.

Pero aquí surge una pregunta inevitable.

¿Con qué autoridad podría un ser humano dirigirse a una montaña?

¿De dónde proviene esa voz que, según el Evangelio, puede declarar un cambio sobre algo que parece inamovible?

La respuesta aparece en otra enseñanza de Jesús que, curiosamente, muchas veces pasa desapercibida. En más de una ocasión afirmó que el reino de los cielos está dentro de vosotros.

Si tomamos esa frase con seriedad, la implicación es profunda.

Un reino no es simplemente un territorio. Es un orden, una organización, una forma de gobierno. Y donde existe un reino, necesariamente existe también un centro de autoridad.

No se trata de una autoridad arrogante ni dominadora. No es la afirmación inflada del ego. Es algo más silencioso y más esencial: la capacidad de orientar nuestra conciencia.

En ese sentido, cada ser humano es responsable del territorio interior en el que vive.

Los pensamientos que alimenta, las interpretaciones que acepta, las convicciones que sostiene terminan organizando el paisaje de su vida del mismo modo que las fuerzas profundas de la tierra organizan el relieve del planeta.

Y cuando esa relación se comprende, la frase del Evangelio deja de parecer extraña.

Hablarle a la montaña no significa gritarle al mundo exterior. Significa reconocer que muchas de las estructuras que parecen dominar nuestra vida comenzaron en ese territorio interior del que somos, en alguna medida, responsables.

Las montañas que aparecen en nuestra vida muchas veces han sido levantadas lentamente por ideas que hemos sostenido durante años.

Pero del mismo modo que se formaron, también pueden comenzar a transformarse cuando cambia la dirección interior que les dio origen.

No es un acto de fuerza.

No es un gesto dramático.

Es un proceso de conciencia.

Primero observar la montaña.
Después comprender qué la ha sostenido.
Después comenzar a sentir interiormente una realidad distinta.

Cuando esa nueva dirección interior se vuelve firme, nuestras decisiones cambian. Nuestra percepción cambia. Nuestra forma de actuar cambia.

Y poco a poco el paisaje de la vida también comienza a transformarse.

Desde afuera puede parecer coincidencia.

Desde adentro se siente como si algo profundamente arraigado hubiera comenzado a moverse.

Tal vez eso es lo que Jesús estaba señalando con aquellas palabras.

No una metáfora lejana.

Sino una comprensión profunda del poder que habita en la conciencia humana.

Y entonces, con humildad pero también con claridad, cada persona puede comenzar a dirigir su propio territorio interior.

Reconocer la montaña.

Comprender su origen.

Y finalmente decirle, con serenidad y convicción:

Muévete.


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2 respuestas

  1. Avatar de Sandrinne Élan

    He leído tu texto… y me ha dejado una sensación muy serena.

    Hay algo en ese silencio del que hablas… que no es vacío, sino todo lo contrario.

    A veces no es que la montaña hable…
    es que por fin dejamos de hacer ruido dentro y podemos escucharnos de otra manera.

    Gracias por esa forma tan bonita de nombrarlo.

    1. Avatar de Emiliano del Refugio

      Gracias, Sandrinne… tu forma de leer también dice mucho.
      Me gusta eso que dices: no es la montaña la que empieza a hablar, sino nosotros los que, por un momento, dejamos de interrumpirnos por dentro.

      Y en ese silencio —que no es ausencia, sino presencia— algo se acomoda, algo se revela sin esfuerzo.

      Qué bonito que lo hayas sentido así… porque al final, quizá de eso se trata todo: de aprender a escucharnos con menos ruido y más verdad.

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