Un pensamiento de bien que se manifestó en forma de Grand Cherokee
Pensar en el bien.
Pensar en la abundancia.
Pensar en la armonía.
A primera vista parece un simple consejo moral. Algo que uno podría escuchar en cualquier conversación sobre optimismo o buena voluntad. Pero en realidad es algo mucho más profundo: una observación sobre el funcionamiento mismo de la vida.
Quien se detiene lo suficiente a observar lo que ocurre cuando la mente piensa de esa manera termina descubriendo algo sorprendente.
Quien se adentra por el camino de la metafísica descubre, tarde o temprano, que todas las lecturas, todas las reflexiones y todas las experiencias terminan conduciendo al mismo punto: la mente es el origen silencioso de la vida visible.
La Biblia llama a ese estado justicia.
No porque se refiera únicamente a la conducta exterior, sino porque describe el estado interior de una mente que piensa de acuerdo con la ley que gobierna la vida.
Por eso, en el lenguaje bíblico, ser justo no significa simplemente comportarse correctamente frente a los demás. Significa algo mucho más profundo: pensar correctamente en todos los asuntos de la vida.
Cuando uno estudia con atención el Sermón del Monte, descubre que cada frase de Jesús insiste en una misma verdad: lo externo no es la causa, es el efecto.
Las circunstancias, las oportunidades, las pérdidas, las bendiciones, todo aquello que vemos en el mundo exterior no es más que la manifestación visible de algo que ocurre primero en un lugar invisible.
Ese lugar es lo que los antiguos llamaron el Lugar Secreto.
Allí nacen los pensamientos.
Y los pensamientos, cuando se sostienen con claridad y persistencia, entran en acción bajo la ley que gobierna la vida.
No se trata de creer.
Se trata de entender.
Creer muchas veces significa juzgar a través de las apariencias.
Entender es reconocer que existe una ley que funciona siempre del mismo modo.
Como la gravedad.
Uno puede creer en ella o no creer en ella, pero si suelta una piedra, la piedra caerá.
La ley de la mente funciona de la misma manera.
Cuando un pensamiento se sostiene con suficiente claridad y continuidad, la ley responde produciendo su equivalente en el mundo visible.
Por eso Jesús no hablaba de cambiar directamente las circunstancias externas. Hablaba de entrar al Lugar Secreto, porque allí es donde la ley comienza a actuar.
Y la ley siempre ofrece el mismo resultado:
lo que se piensa de manera sostenida termina tomando forma en la experiencia.
Comprender esto es relativamente sencillo cuando se lee en un libro.
Lo verdaderamente interesante es observar cómo esta ley aparece en la vida cotidiana.
Hace algún tiempo mi sobrino Erik llegó a vivir con nosotros.
Es hijo de mi hermano mayor, que lleva el mismo nombre. Erik llegó buscando lo que buscamos casi todos los que emigramos alguna vez: una vida distinta.
Yo mismo lo hice en su momento.
Cuando alguien no logra generar abundancia donde se encuentra, muchas veces cree que el problema es el lugar. Entonces cambia de ciudad, cambia de país, cambia de código postal.
Pero rara vez se pregunta si debe cambiar primero el pensamiento que produce su realidad.
Erik llegó con veintiocho años, pero su cuerpo parecía contar otra historia. En su rostro y en su postura se podía leer algo muy común en nuestro tiempo: una mente acostumbrada a pensar desde la carencia.
Carencia de oportunidades.
Carencia de dinero.
Carencia de seguridad.
Carencia de futuro.
Cuando ese pensamiento se sostiene durante años, el cuerpo mismo termina manifestándolo.
Sin embargo, algo hermoso comenzó a suceder.
Poco a poco, enfrentando la lucha que significa comenzar una vida nueva en un lugar donde la mentalidad dominante es distinta —donde el pensamiento gira más alrededor de la posibilidad que de la escasez— Erik empezó a cambiar.
Cambió su energía.
Cambió su expresión.
Cambió su postura ante la vida.
Su rostro se volvió más joven.
Su presencia más fuerte.
Su situación más abundante.
Y como suele suceder, la vida exterior terminó reflejando el cambio interior.
Aquella mejoría no era una ilusión. Era real. Se le notaba en la cara, en el cuerpo, en la manera de hablar, incluso en la forma en que empezaba a pararse frente a la vida. Pero ningún cambio interior se conserva por accidente. Toda nueva dirección del pensamiento exige vigilancia, continuidad, una especie de fidelidad silenciosa hacia aquello que ya se ha comenzado a comprender.
Porque la mente humana tiene hábitos antiguos.
Y cuando uno deja de vigilarla, vuelve con facilidad a sus formas de pensamiento anteriores, como el agua que busca otra vez la vieja hendidura de la piedra.
Por eso, con el paso del tiempo, empezaron a reaparecer en Erik aquellos pensamientos de carencia que tanto pesan.
Pensamientos que anticipan problemas.
Pensamientos que convierten las oportunidades en preocupaciones.
Pensamientos que transforman incluso las buenas noticias en ansiedad.
Hace poco, al verlo atravesar un momento difícil, decidí intentar ayudarlo.
A veces, cuando alguien aún no comprende plenamente cómo funciona la ley, un símbolo material puede servir como punto de apoyo para redirigir el pensamiento.
No es que la ley funcione a través de los objetos. Pero el aprendizaje muchas veces llega a través de aquello que la mente humana puede reconocer.
Por eso comenzamos a buscar una camioneta para él.
La búsqueda tomó tiempo.
Un modelo.
Luego otro.
Un color.
Luego otro.
Mientras tanto, yo hacía algo muy sencillo: cada día, en silencio, pensaba el bien para Erik.
Le pedía a mi mente que nos trajera el vehículo adecuado. Uno que trajera armonía, tranquilidad y una sensación de avance en su vida.
Yo deseaba que él experimentara algo que en metafísica se conoce como la tercera posición.
Muchas tradiciones metafísicas describen la creación a través de una trinidad:
La primera posición es la Vida, el Padre, el deseo, la mente.
La segunda posición es la Verdad, el Hijo, el pensamiento.
La tercera posición es el Amor, el Espíritu Santo, el sentir o el entendimiento que convierte la idea en manifestación.
Yo quería que Erik viviera esa experiencia.
Quería que manifestara algo bueno, para después poder decirle con hechos que la misma ley podría operar en cualquier área de su vida.
Y la mente —que responde con sorprendente sencillez cuando se le habla con claridad— escuchó.
Nos trajo el mejor trato.
El mejor color.
El mejor millaje.
El mejor broker.
Cuando Erik vio las imágenes del vehículo y los números del acuerdo dijo algo que resumía todo el proceso:
—Esa es la camioneta de mis sueños.
Así que cerramos el trato.
Firmamos el contrato un martes.
El miércoles por la mañana iríamos por la camioneta.
Pero al día siguiente ocurrió algo que revela una de las leyes más profundas de la vida.
Erik se levantó con el rostro completamente desencajado.
—No quiero el auto —dijo—. No voy a poder pagarlo. Dicen que viene una crisis. ¿Y si no me alcanza? ¿Y si lo compro y lo choco? ¿Y si tengo que cambiar las llantas? ¿Y si pierdo el trabajo?
Lo escuché en silencio.
El día anterior él había obtenido finalmente la posición laboral por la que se había preparado durante tanto tiempo.
Intenté mover suavemente el pensamiento que dominaba su mente.
—¿Cómo te fue en tu primer día en el nuevo puesto?
Su respuesta fue reveladora.
—Todo salió perfecto. No hubo errores. Todos dijeron que lo hice muy bien…
pero yo me siento mal. Siento que no salió como yo quería.
En ese momento recordé una de las leyes más claras de la metafísica:
la ley de la individualidad.
Nadie puede pensar por otro.
Nadie puede sentir por otro.
Nadie puede aceptar el entendimiento de una ley por otra persona.
Podemos amar.
Podemos enseñar.
Podemos acompañar.
Pero cada ser humano elige el pensamiento que sostiene en su propia mente.
Yo había pensado el bien para Erik. Había sostenido pensamientos de armonía y abundancia para su vida. Y la ley respondió a ese pensamiento trayendo la manifestación.
Pero la ley no funciona por sustitución.
Mi pensamiento podía abrir la puerta.
Pero solo él podía atravesarla.
Al elegir pensar desde el miedo, desde la carencia y desde la anticipación del fracaso, Erik eligió también la experiencia que corresponde a ese pensamiento.
Respiré hondo y le dije con calma:
—No te preocupes. No tomes la camioneta. Nosotros veremos qué hacer.
Porque lo que yo más deseaba era que él estuviera bien.
Erik se levantó y se fue.
Entonces Romina —mi compañera, mi amiga, esa mujer valiente a la que admiro profundamente— me miró y preguntó:
—¿Qué hacemos?
Yo respondí:
—Dime tú qué hacemos.
Ella sonrió con esa mezcla de determinación y humor tan mexicano y dijo:
—Chingue su… vamos por la camioneta nosotros.
Y eso hicimos.
Cumplimos nuestra palabra con José, el vendedor que nos había acompañado durante todo el proceso con una honestidad tan tranquila como poco frecuente. Su manera de hacer las cosas había sido limpia, directa, casi antigua.
Y en la vida ocurre a menudo algo curioso: cuando uno se encuentra con esa clase de rectitud, lo natural es responder de la misma manera.
Así que honramos el acuerdo.
Pero también ocurrió algo más profundo.
En ese momento comprendí algo que la mente parecía decir con una claridad casi humorística:
Has estado pensando el bien de manera constante.
Has estado sosteniendo pensamientos correctos con persistencia.
Aunque no pediste directamente esta camioneta para ti, ese pensamiento ha producido su propia forma visible.
En otras palabras:
la mente me trajo la camioneta.
No porque yo la hubiera pedido.
Sino porque había estado pensando desde la abundancia, desde la armonía y desde el bien.
Y la ley siempre responde al pensamiento sostenido.
Entonces recordé una vez más la enseñanza del mayor metafísico que ha existido.
Jesús explicó que ser justo no significa solamente actuar correctamente.
Significa pensar correctamente.
Porque las cosas externas no son causas.
Son imágenes.
Son consecuencias.
Son el reflejo visible de aquello que cada ser humano decide cultivar en el Lugar Secreto.
Pensar el bien.
Pensar la abundancia.
Pensar la armonía.
A veces ese pensamiento toma forma de paz.
A veces toma forma de oportunidades.
Y otras veces —de una manera sorprendentemente concreta—
se manifiesta en forma de una Grand Cherokee negra…
que, para decirlo sin demasiada filosofía, está chingonsísima.

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