Ensayos y crónicas sobre fronteras y pertenencia · Essays and chronicles of borders and belonging

El silencio que comienza a entender

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“El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel.” — Lucas 16:10


Hoy elijo el silencio como una forma de inteligencia.
No el silencio vacío, sino ese que observa, que recoge, que transforma.

He comenzado a entender —apenas una pequeña grieta en la superficie— que la vida no se revela a quien habla sin cesar, sino a quien aprende a escuchar. Y en ese ejercicio, simple en apariencia pero profundo en esencia, algo en mí ha cambiado. Ya no siento la urgencia de intervenir en todo, de opinar en todo, de demostrar algo. He descubierto que muchas veces, callar no es ausencia… es presencia refinada.

No juzgo.
Porque entiendo que cada momento de inconsciencia que veo afuera, alguna vez habitó en mí. Y en cierta forma, aún aparece. Pero hoy sé que mis encuentros, mis conversaciones, las mentalidades que cruzan mi camino, no son casualidad. Son reflejo. Son consecuencia. Y por lo tanto, responsabilidad mía.

He elegido, muchas veces, lo inmediato sobre lo profundo. He preferido los placeres fáciles de lo humano sobre la disciplina luminosa del entendimiento. Pero incluso eso forma parte del camino. Porque hoy puedo verlo. Y verlo… ya es avanzar.

No todo es luz, pero tampoco todo es sombra.
Hay grises… y esos grises, hoy, son infinitamente más bellos que la oscuridad que antes dominaba mi mundo.

Anoche, mientras regresaba a casa sobre la motocicleta, algo se acomodó sin esfuerzo. El cielo, vasto y estrellado, no solo estaba ahí… estaba conmigo. La luna, fiel, silenciosa, constante. Un conejo cruzando el camino, venados observando desde la distancia, el viento rozando el cuerpo como un recordatorio de que estamos vivos. Y la noche… esa noche que no es ausencia de luz, sino promesa de amanecer.

Entonces entendí —no como idea, sino como experiencia— que todo está en orden. Que la vida no se detiene, no se rompe, no se equivoca. Se despliega, siempre, hacia algo mejor. Hacia una forma más afinada, más completa, más verdadera.

Hoy la vida se me presenta en otra frecuencia.
Incluso aquello que parece no encajar… encuentra su lugar.

He comenzado a intuir que la vida avanza, siempre, hacia la perfección. Y no solo eso: lo hace a mi favor.

Hoy elijo —o al menos lo intento con mayor frecuencia— ese lado:
el lado bueno, el lado pleno, el lado consciente.

Y en esa elección, algo responde.

El bien aparece.
Se manifiesta en la mañana, en el canto de las aves, en la claridad de un pensamiento, en la precisión de una palabra, en la inteligencia que ordena y da sentido.
Se manifiesta, sobre todo, en mi capacidad de percibirlo.

Amo la vida como hoy es—no por conformismo, sino porque entiendo que este amor es el que me prepara para amar aún más, cuando la vida se revele en una forma mejor… más verdadera, más real.

Qué privilegio es vivir.
Qué privilegio es entender, aunque sea un poco.
Qué privilegio es amar lo que es… mientras se transforma.

Hoy no pido más.
Hoy reconozco.

Y eso… es suficiente.


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