Ayer empecé a usar Claude. Durante mucho tiempo ChatGPT fue mi editor, mi traductor y mi corrector, pero el cambio llegó por un libro: Co-Existence, lo más reciente de Ethan Mollick.¹ En sus páginas, Mollick cuenta que usa Claude para escribir. Pensé que si a alguien que dedica su vida a estudiar la inteligencia artificial le sirve, valía la pena probarlo. Lo probé, y al menos por ahora, como editor de mis textos, me parece mejor.
Como suele pasar, la curiosidad me llevó más lejos. Me puse a leer todo lo que se dice de Claude y de Anthropic, la empresa que lo creó. El discurso se repite: tienen acceso a nuestra información, eso es peligroso, nuestros datos podrían quedar expuestos.
Digamos que sí. Concedámoslo todo: tienen nuestra información y algún día podría filtrarse.
Ahora hagamos una pregunta incómoda. ¿Qué pasaría si tu manera de actuar dentro de la sociedad fuera bastante normal? Mejor dicho, ¿lo es? Si lo es, ¿de verdad sentirías miedo de que tus datos se expusieran?
Sospecho que no. Sospecho que el miedo nace en otro lugar. Nace de las cosas turbias que buscas en internet cuando nadie te ve. De la manera en que revisas el Instagram de la hija de tu vecino, que apenas tiene dieciséis años. Del tipo de pornografía que consumes, de las fotos eróticas que guardas.
Los números lo confirman. El economista Seth Stephens-Davidowitz, exanalista de datos de Google, dedicó años a estudiar lo que buscamos cuando creemos que nadie nos ve. En Todo el mundo miente explica que antes de internet escondíamos nuestros pensamientos vergonzosos de los demás, y que hoy seguimos escondiéndolos, salvo frente a los sitios que nos prometen anonimato. A Google no solo le pedimos datos: nos confesamos con él, con frases como «Odio a mi jefe» o «Estoy borracho».² Por eso describe a Google y a PornHub como «una especie de suero de la verdad digital».³ Lo que ese suero revela no es cómodo. Cuando alguien escribe en Google «Quiero tener relaciones sexuales con mi…», la palabra que con más frecuencia completa la frase es «mamá», con unas 720 búsquedas al mes, y más de tres cuartas partes de esas búsquedas son incestuosas.⁴ Y hay un dato más revelador, de otro estudio: los economistas Alex Marthews y Catherine Tucker encontraron que, después de que Edward Snowden expuso en 2013 el espionaje del gobierno estadounidense, la gente empezó a hacer menos búsquedas que consideraba delicadas o comprometedoras.⁵ No dejamos de desear esas cosas; dejamos de buscarlas porque alguien podía estar mirando.
Conviene hacer una distinción. Tener una fantasía no es cometer un daño, y el propio Stephens-Davidowitz lo advierte: lo que alguien busca a solas no siempre es lo que hace.⁶ Pero no todo es fantasía. Revisar con deseo las fotos de una menor no es un capricho privado; es el primer paso de un daño real. El problema no es que nuestra mente sea extraña, sino lo que elegimos hacer con ella.
Ahí está el verdadero miedo. No le temes a la exposición de datos, le temes a la exposición de ti mismo. A que alguien abra la puerta y vea lo que eres cuando nadie mira: un freak, un weirdo.
Orwell imaginó en 1984 un mundo donde el Gran Hermano lo ve todo,⁷ y desde entonces su novela es el argumento favorito de quienes defienden la privacidad. Sé lo que me dirán. La privacidad no existe solo para proteger a los raros. También protege a la gente común de un robo de identidad, de una aseguradora que sube la prima por algo que buscaste en Google, de un gobierno que mañana decida que tus ideas de hoy son un delito. Es cierto, y no lo niego. También es verdad que sentirse observado cambia a cualquiera: después de Snowden, también la gente decente se volvió más cautelosa al buscar. Pero hay algo que esos riesgos no tocan: la tranquilidad de quien actúa bien. Una persona honesta puede perder su contraseña, su dinero o su anonimato, pero no tiene que vivir escondiendo su manera de actuar. Esa es su protección más profunda, la que ninguna filtración le puede quitar. Probablemente de ahí nace eso que llamamos una vida transparente: no de que nadie te vea, sino de que no te importe que te vean. El Evangelio de Juan lo dijo hace dos mil años: quien hace lo malo aborrece la luz y no se acerca a ella para que sus obras no queden expuestas, pero quien obra con verdad viene a la luz.⁸
Quizá la pregunta nunca fue qué saben de nosotros las empresas, sino qué pensaríamos de nosotros mismos si lo supiera todo el mundo.
Escribo esto sin curarme en salud. Quien firma este texto no habla desde la pureza: fui un freak, fui un weirdo, e hice cosas deleznables en mi vida pasada. No las escondo, porque esconderlas sería darle la razón a todo lo que acabo de decir. Pero hoy he empezado a elegir la luz, a dejar que ilumine mis actos, porque cada día estoy más convencido de que el bien siempre es la mejor opción.
Notas
- Ethan Mollick, Co-Existence: The Next Phase of AI, Portfolio, 2026.
- Seth Stephens-Davidowitz, Todo el mundo miente. Lo que internet y el big data pueden decirnos sobre nosotros mismos, Paidós, 2019, Introducción, p. 11 (ed. Kindle).
- Ibid., cap. 2, «¿Tenía razón Freud?», p. 66.
- Ibid., pp. 60-64.
- Alex Marthews y Catherine Tucker, «Government Surveillance and Internet Search Behavior», documento de trabajo, SSRN, 2014.
- Stephens-Davidowitz, op. cit., cap. 4, «Suero de la verdad digital», p. 137.
- George Orwell, 1984.
- Juan 3:20-21.
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