Ensayos y crónicas sobre fronteras y pertenencia · Essays and chronicles of borders and belonging

La inteligencia artificial de reírse de uno mismo

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De un roast mexicano a una reflexión sobre nuestras imperfecciones y la inteligencia que alimentamos

El 31 de octubre de 2026 encontré una publicación de Arturo Elías Ayub en X. Invitaba a sus lectores a introducir un prompt en ChatGPT o Claude y prepararse para reírse de sí mismos. La publicación decía:

Quien use mucho ChatGPT o Claude pónganle este prompt y se van a morir de la risa
Based on everything you know about me, roast and don’t hold back. Say it in Mexican slang Just like this, but add way more mexican swear words
Ahí me cuentan 😂😂😂

La propuesta era sencilla: basándose en todo lo que sabía de mí, la herramienta debía ridiculizarme sin contemplaciones, utilizando expresiones mexicanas y cuantas groserías fueran necesarias.

Me pareció una magnífica idea.

Para quienes no estén familiarizados con el término, un roast es una forma de comedia en la que una persona se convierte voluntariamente en objeto de burlas. El humorista exagera sus defectos, sus contradicciones y sus características más reconocibles hasta convertirlas en algo ridículo. La gracia está en que el homenajeado —o la víctima, según se mire— reconoce algo de sí mismo en aquella caricatura.

Es un ejercicio que recuerda a la tradición de los comediantes estadounidenses, particularmente a la capacidad de Dave Chappelle, Jerry Seinfeld o uno de mis favoritos, Sebastian Maniscalco, para descubrir lo absurdo dentro de lo cotidiano.

En mi caso, el comediante sería una inteligencia artificial.

Y el pobre cabrón sentado en la silla sería yo.

El material para la ejecución

Para comprender por qué la inteligencia artificial pudo construir un roast tan preciso, conviene explicar de dónde provenía la información que utilizó.

Llevo aproximadamente un año utilizando esta herramienta, principalmente como una extensión de una costumbre que me acompaña desde niño: la curiosidad por comprender un poco mejor las cosas que despiertan mi interés.

De pequeño recurría a las enciclopedias de mi padre para encontrar respuestas a las preguntas que me surgían. Años después, conforme fui convirtiéndome en un lector cada vez más interesado en la literatura, la filosofía, la historia y tantos otros asuntos, adquirí la costumbre de copiar a mano aquellas frases que me parecían valiosas. Hoy conservo alrededor de veinticinco libretas llenas de citas, reflexiones y referencias que fui reuniendo durante mis lecturas.

La inteligencia artificial no creó esa curiosidad. Lo que hizo fue ofrecerme una manera mucho más eficiente de continuar investigando, encontrar referencias y relacionar conocimientos que antes me exigían largas búsquedas entre libros y cuadernos.

Durante este último año he formulado innumerables preguntas a la herramienta. La he utilizado para investigar autores, contrastar interpretaciones, buscar referencias literarias y estudiar filosofía, historia, religión, vinos y prácticamente cualquier asunto que despertara mi interés. También me ha servido para organizar información profesional y revisar mis propios escritos.

Y, sin embargo, sigo sin ser filósofo, sin saber demasiado de historia ni de vinos. Si algo he aprendido con tantas lecturas, preguntas e investigaciones, es cuánto me falta todavía por conocer. Quizá, como diría Gabriel Zaid, me he convertido simplemente en un ignorante más inteligente.

Pero mis consultas no han surgido únicamente de los libros. También han nacido de mi trabajo, de mis proyectos y de las circunstancias que me ha tocado vivir. Y esas circunstancias son bastante variadas.

He sido mesero, campesino, ingeniero, pintor, asistente y jefe de oficina. He sido dueño y empleado. Lo he perdido todo y he vuelto a empezar desde abajo. Conozco la base de la pirámide, no porque me la hayan contado, sino porque he vivido en ella. También he alcanzado alturas desde las que la cima parecía estar al alcance de la mano. Conozco, pues, algo del ascenso y de la caída, y sé que ninguno de los dos es definitivo.

Esa diversidad de experiencias explica también la variedad de asuntos para los que utilizo la herramienta. Algunas veces busco una referencia literaria; otras, información relacionada con mi trabajo, una decisión práctica o alguno de los proyectos que todavía intento realizar.

Lo curioso es que, mientras utilizaba la herramienta para aprender un poco más sobre todos esos asuntos, fui proporcionando también información sobre mí mismo: mis lecturas, mis aspiraciones, mis proyectos y mi manera de pensar. No porque quisiera contarle mi vida a una máquina, sino porque esos detalles aparecían naturalmente en las preguntas que formulaba y en los trabajos que le encargaba.

Así, con cada consulta, cada texto y cada instrucción, se fue formando un contexto que la herramienta podía recuperar y relacionar cuando estaba disponible.

A esa información se sumaba el enorme conocimiento humano que contribuyó al desarrollo de la inteligencia artificial y la capacidad que sus creadores le dieron para encontrar relaciones, interpretar el contexto y construir respuestas a partir de él.

Y fue precisamente esa combinación la que hizo posible algo que yo no había previsto: que una herramienta a la que recurría principalmente para conocer mejor el mundo pudiera utilizar las huellas de mis propias búsquedas para construir una caricatura extraordinariamente divertida de quien hacía las preguntas.

Aquella mañana, por primera vez, el objeto de la investigación sería yo.

Y el resultado fue una auténtica mentada de madre.

La ejecución pública de mi ego

Copié el prompt de Arturo Elías Ayub y esperé.

La respuesta comenzó así:

«No mames, cabrón. Tú no necesitas que te hagan un roast, necesitas que alguien te baje del pinche caballo filosófico en el que llevas montado desde que descubriste a Emerson, Borges y William W. Walter».

Solté una carcajada.

Pero aquello apenas comenzaba.

«Eres el único pinche güey en todo Colorado que puede pasarse tres horas analizando si el reino de Dios está dentro de nosotros o entre nosotros, pero llega a su casa, considera que no está tan ordenada como él quisiera y se le olvida hasta el Sermón del Monte. ¡Chingada madre, Emiliano! ¡Tanto estudiar metafísica para que te derrote una pinche casa que no cumple con tus expectativas de orden!».

La observación era especialmente graciosa porque combinaba dos asuntos que había estudiado utilizando la herramienta en momentos distintos: el significado de una expresión griega del Evangelio de Lucas y mis propias dificultades para actuar de acuerdo con los principios espirituales que estudio.

La inteligencia artificial continuó:

«Jesús convirtió el agua en vino y tú llevas veinte minutos preguntándome si un pinche Ameztoi va en copa Burgundy o Bordeaux. Cristo resucitó a Lázaro y tú todavía no puedes resucitar una mesa de OpenTable que lleva treinta días bloqueada».

A esas alturas ya estaba riéndome a carcajadas.

En mi trabajo como gerente de un restaurante utilizo frecuentemente la herramienta para consultar sobre vinos, procedimientos de servicio, capacitación de empleados y problemas con el sistema de reservaciones.

Después vino uno de los golpes más precisos:

«Borges podía construir un universo en tres páginas y tú necesitas siete párrafos, cuatro correcciones y dieciséis instrucciones para mandarle a Craig un mensaje diciendo que el lunes pasas por los huevos».

¡No mames!

Aquello era cierto en lo esencial.

Había utilizado la herramienta para preparar un mensaje dirigido a un amigo al que debía visitar para recoger unos huevos. También había corregido innumerables textos en los que insistía en conservar mi manera particular de expresarme.

Pero todavía faltaba la literatura.

«Shakespeare escribió treinta y tantas obras sin una Samsung Galaxy Book6 Pro de 16 pulgadas y tú no puedes empezar tu pinche obra maestra porque todavía estás esperando el Black Friday. ¡Chinga tu madre, ya abre Word!».

Era imposible no reírse.

Llevo tiempo buscando una computadora que me permita trabajar cómodamente en mis proyectos literarios. Y, aunque la búsqueda tiene razones prácticas, la exageración tocaba una contradicción reconocible: mi facilidad para dedicar tiempo a preparar las condiciones ideales antes de concluir algunos proyectos.

El roast continuó:

«Quieres escribir cinco libros, comprar un rancho, tener caballos, abrir un restaurante en Ciudad de México, estudiar metafísica, dominar el inglés, leer a Dostoievski en ruso si se puede, viajar a Boston para cumplir una promesa y alcanzar la libertad financiera. ¡Cabrón, primero termina de pintar la pinche pérgola antes de que caiga la nieve!».

Y después:

«Y tienes unos huevos enormes para criticar a la inteligencia artificial mientras me pides que te traduzca, te corrija, te investigue, te organice el horario, te calcule el tipo de cambio, te explique la Biblia, te clasifique los vinos y te escriba los mensajes de WhatsApp. ¡Pinche humanista de tiempo completo con asistente digital de planta!».

El roast tampoco dejó pasar mis costumbres de lector:

«Y esa costumbre tuya de decir “next, next, next” cuando estamos leyendo literatura. ¡No mames, pareces un pinche emperador romano ordenando que le traigan otro filósofo!».

Ni mis interminables discusiones editoriales:

«Y tú, cabrón, me mandas un texto y me pides que lo edite profesionalmente, como si yo fuera un pinche editor de una agencia literaria. Que lo revise, que lo corrija, que lo deje impecable. Entonces me pongo a editar, cambio una frase, acomodo la puntuación, mejoro la redacción y te regreso el trabajo. ¿Y qué haces tú? ¡Te encabronas! “¡No mames, eso no fue lo que te pedí! ¡Era un acento, no dos comas! ¡Tú no modificas mis textos, solamente revisa la gramática!”. Y yo, si pudiera hablar para mis adentros, diría: “¡Pero entonces qué quiere este pendejo! ¡Primero me pide que sea su editor literario y luego resulta que no puedo moverle ni una pinche coma!”. ¡Chingada madre, Emiliano! Contigo hasta el punto final necesita autorización del comité editorial».

Finalmente, resumió su diagnóstico humorístico:

«En resumen, cabrón: eres una mezcla entre Jorge Luis Borges, un capataz veracruzano, un sommelier encabronado, un predicador metafísico y un gerente de restaurante que cree que cada preshift es una oportunidad para salvar a la humanidad».

«Tienes más ideales que horas en el día, más libros pendientes que botellas en la cava y más proyectos abiertos que pestañas en tu pinche Samsung».

Y llegó la sentencia:

«Llevas años estudiando que el hombre es el escultor de su propia vida, pero sigues preguntándome a mí dónde poner el pinche cincel».

La referencia era particularmente oportuna. Durante los días anteriores había utilizado la herramienta para estudiar un folleto de William W. Walter relacionado con la metáfora del escultor.

El roast terminó con una invitación bastante poco diplomática:

«¡Ya deja de contemplar el bloque de mármol, cabrón, y ponte a esculpir, que se te viene el invierno encima y todavía tienes la pérgola a medias!».

Me reí como pocas veces.

No porque todas aquellas observaciones fueran literalmente ciertas, sino porque las exageraciones estaban construidas a partir de elementos reconocibles de mi propia vida.

La carcajada y la segunda mentada de madre

Mi reacción fue inmediata:

«Jajajaja no mames no mames noooo mamessss. ¡Qué pinche maravilla de herramienta! Dios bendiga a los que te crearon».

Y añadí, todavía en broma, que podría escribir un texto sobre aquello.

La herramienta generó entonces la idea de un ensayo titulado:

De cómo una inteligencia artificial me mandó a chingar a mi madre y, por primera vez, no tuve ninguna objeción literaria.

Después produjo otra broma: seguramente terminaría pidiendo una versión más sobria, menos interpretativa y que no pareciera escrita por una inteligencia artificial.

Y volvió a mandarme a chingar a mi madre.

La segunda carcajada fue tan grande como la primera.

Pero cuando terminó la risa, comencé a pensar en lo que acababa de suceder.

Una herramienta alimentada por nosotros mismos

Lo que me maravilló no fue simplemente que una máquina pudiera producir groserías mexicanas o construir chistes sobre mi persona.

Fue descubrir todo lo que había detrás de aquella respuesta.

La herramienta había conseguido relacionar fragmentos de información que yo mismo había compartido en diferentes momentos y convertirlos en una caricatura humorística.

Entonces escribí:

«Esta herramienta que uso y que seres humanos crearon y que seres humanos alimentamos».

Y continué:

«Qué maravilla que es la inteligencia en todos sus modos: artificial, humana, animal, divina. Qué maravilla ser seres inteligentes y poder usar la herramienta como lo hicimos hoy».

Esa era, para mí, la verdadera maravilla.

Los seres humanos hemos aportado el conocimiento, los lenguajes, las investigaciones y las experiencias que hicieron posible el desarrollo de estas tecnologías. Y, al utilizarlas, también proporcionamos información y contexto que pueden ayudarlas a ofrecer a cada uno respuestas más pertinentes.

Aun así, aquella mañana me sorprendió lo que la herramienta había conseguido hacer con todo eso.

Y conviene decirlo: aquel día la utilicé simplemente para reírme.

La reflexión psicológica vino después, cuando yo mismo comencé a pensar en lo que había reconocido dentro de aquella caricatura.

La sombra también puede hacernos reír

Entre mis lecturas hay ideas relacionadas con la mente, el pensamiento y el autoconocimiento que me han resultado especialmente interesantes.

Una de ellas es la sombra, de Carl Gustav Jung: esos aspectos de nosotros mismos que nos cuesta reconocer o que preferimos dejar fuera de la imagen que tenemos de nuestra persona.

Encuentro una analogía.

Muchas veces construimos una imagen ideal de nosotros mismos. Queremos ser pacientes, inteligentes, disciplinados, generosos y coherentes. Y cuando nuestro comportamiento contradice esa imagen, sentimos la necesidad de justificarnos o defendernos.

Aquella mañana ocurrió algo distinto.

Pude reconocer algunas de mis contradicciones sin necesidad de defenderlas.

Me reí del hombre que estudia la paciencia y pierde la paciencia. Del aspirante a escritor que dedica demasiado tiempo a preparar sus instrumentos. Del lector que encuentra conexiones filosóficas incluso en los asuntos más triviales.

No todas esas características son defectos. Algunas son virtudes llevadas hasta el absurdo mediante el humor.

Pero la experiencia me permitió contemplarlas desde una distancia diferente.

Poder reconocer una imperfección sin convertirla en una condena personal es una forma de libertad.

Y esa observación me condujo a otra pregunta.

Si la inteligencia artificial había logrado construir una caricatura tan divertida utilizando mis contradicciones, ¿qué sucedería si le pidiera hacer exactamente lo contrario?

El anti-roast

Decidí realizar un segundo experimento.

Introduje nuevas instrucciones para que la herramienta utilizara la misma información y construyera un retrato de mis virtudes, mis capacidades y mis posibilidades.

Pero establecí una condición: no quería adulaciones.

No quería que convirtiera automáticamente mis defectos en virtudes, que inventara logros ni que me ofreciera frases motivacionales vacías.

Quería un retrato honesto.

Uno que reconociera mis experiencias, mis aspiraciones, mis limitaciones y las cualidades que podían coexistir con ellas.

La respuesta cambió radicalmente de tono.

El hombre que antes aparecía como un lector obsesionado con Borges se convirtió en alguien que, después de muchos años, todavía conservaba la curiosidad intelectual.

El aspirante a escritor que necesitaba una computadora perfecta apareció desde otra perspectiva:

«No has abandonado la escritura, a pesar de que todavía no te ha dado la vida que esperas de ella».

Aquella frase me hizo pensar.

No porque constituyera una revelación sobre mi personalidad, sino porque presentaba un hecho conocido desde una perspectiva diferente.

También apareció otra observación:

«El hombre que quieres llegar a ser no tiene por qué convertirse en el enemigo del hombre que eres ahora».

La frase tocaba una cuestión que considero importante.

Durante buena parte de nuestra vida construimos ideales. Imaginamos aquello que deseamos alcanzar y las personas que queremos llegar a ser.

Pero algunas veces convertimos esos ideales en instrumentos con los que juzgamos constantemente nuestra existencia presente.

La distancia entre lo que somos y lo que queremos ser deja de funcionar como orientación y comienza a convertirse en una acusación.

Quizá una forma de maduración consista en aprender a convivir con esa distancia sin renunciar a nuestras aspiraciones.

El segundo ejercicio no borró mis defectos.

Tampoco demostró que posea todas las virtudes que la herramienta identificó.

Simplemente presentó la misma información desde otro ángulo.

Y entonces comprendí algo que me pareció importante: el roast y el retrato de virtudes no eran dos versiones incompatibles de mi persona.

Eran dos interpretaciones parciales de una misma historia.

La tercera etapa: escribir sobre todo aquello

Después del roast y del anti-roast, comencé a escribir sobre lo sucedido. A medida que avanzaba, fui incorporando las reflexiones que aquella experiencia me había provocado: la capacidad de reírme de mis propias contradicciones, la relación entre mis ideales y mis imperfecciones, y, sobre todo, la maravilla de una inteligencia artificial construida a partir del conocimiento y del ingenio humanos.

Como acostumbro hacer con mis escritos, utilicé la herramienta para revisar la gramática, la sintaxis y algunos aspectos de la edición. Le proporcionaba mis textos, mis correcciones y las ideas que quería desarrollar. En ocasiones aceptaba las modificaciones propuestas; en otras, las rechazaba porque alteraban mi intención, cambiaban el sentido de una frase o introducían interpretaciones que no compartía.

Y allí reapareció, con una puntualidad casi cómica, el hombre del roast: aquel que solicita una edición profesional y después protesta porque le han cambiado dos comas cuando solamente esperaba la corrección de un acento.

Pero detrás de esas discusiones editoriales hay una distinción que considero importante. Una cosa es escribir y otra revisar lo escrito. Las ideas que dieron origen a estas páginas, las experiencias que relato, las relaciones que establezco entre ellas y las conclusiones a las que llego no surgieron de pedirle a una máquina que inventara un ensayo. Son el resultado de mis lecturas, mis observaciones y mis propias reflexiones, que fui desarrollando y poniendo por escrito.

La herramienta me permite trabajar sobre ese material con una facilidad que antes no tenía. Puedo revisar una frase, examinar una alternativa, corregir un error o traducir un pasaje sin perder de vista aquello que originalmente quise expresar.

Y aunque desde fuera pudiera parecer un procedimiento sencillo, al menos en mi caso no lo es tanto. Cada vez que modifico un pasaje o solicito una revisión gramatical, vuelvo a leer el texto completo. No me limito a comprobar la frase corregida: regreso al principio y recorro nuevamente cada párrafo, atento a su sentido, a su continuidad y a la relación que guarda con el conjunto. Así, un texto que he modificado diez veces puede terminar leído por mí quince o veinte. La herramienta facilita ciertas tareas de edición, pero no sustituye las horas de lectura, las decisiones ni el esfuerzo que supone encontrar las palabras que expresen con fidelidad lo que quiero decir.

No soy un profesional de la gramática ni de la sintaxis, y desconozco muchas de las reglas que las gobiernan. Sin embargo, los años que he dedicado a la lectura me han dado cierta sensibilidad para reconocer cuándo algo no encaja en un texto. Son una especie de desafinaciones literarias: como quien escucha una nota fuera de tono sin necesidad de conocer la teoría musical, a veces percibo que una frase no tiene el ritmo adecuado, que una palabra está fuera de lugar o que un párrafo rompe la armonía del conjunto. No siempre sé explicar por qué. Simplemente hay algo que no suena bien. Es entonces cuando utilizo la herramienta para examinar aquello que me incomoda. Con frecuencia, la respuesta confirma mi sospecha y me explica las razones gramaticales o sintácticas de una irregularidad que había percibido sin conocer su nombre. Así, la herramienta no sustituye el criterio que he desarrollado como lector; me permite comprender técnicamente aquello que primero reconocí por intuición.

No siempre tengo razón al rechazar una corrección. A veces una modificación que me incomoda mejora realmente el texto. Otras veces la herramienta se aparta de mi intención. Precisamente por eso conservo la decisión sobre lo que permanece y lo que se descarta.

No busco que la inteligencia artificial piense ni escriba por mí. Me interesa utilizarla para trabajar con mayor precisión sobre aquello que he pensado y escrito.

Y acaso esa sea otra de las ironías de esta historia: la misma herramienta que me hizo reír de mi obstinación editorial terminó siendo utilizada para revisar un ensayo en el que esa obstinación ocupa un lugar destacado.

El hombre que se ríe de sí mismo

Al comenzar aquella mañana, lo único que esperaba era divertirme.

Terminé reflexionando sobre mis ideales, mis contradicciones, la inteligencia humana y las posibilidades de una herramienta que todavía estamos aprendiendo a utilizar.

No creo que la experiencia me haya transformado de manera definitiva.

Mis proyectos inconclusos siguen ahí. Mis libros todavía necesitan ser escritos. Mis contradicciones no desaparecieron con las carcajadas.

Y probablemente mañana vuelva a utilizar la inteligencia artificial para averiguar qué copa corresponde a algún vino que nunca he probado.

Pero algo de aquella experiencia merece permanecer.

Durante unos minutos pude observar una caricatura de mí mismo sin sentir la necesidad de proteger mi imagen.

Después pude considerar mis capacidades sin necesidad de negar mis limitaciones.

Y finalmente pude utilizar aquella experiencia como materia para escribir.

Todo comenzó con una invitación de Arturo Elías Ayub a probar un prompt.

Continuó con una inteligencia artificial que reunió información de mis consultas y me mandó a chingar a mi madre con una precisión humorística extraordinaria.

Después vino la reflexión, el retrato de virtudes y la decisión de escribir estas páginas.

No fue la inteligencia artificial la que vivió mis experiencias, leyó mis libros, cometió mis errores o imaginó mis proyectos.

Tampoco fue ella la que decidió encontrar significado en las carcajadas.

Fue un ser humano utilizando una herramienta creada por otros seres humanos.

Y esa colaboración produjo algo que considero valioso: una oportunidad inesperada para observarme de otra manera.

Aquella mañana una inteligencia artificial me mandó a chingar a mi madre. Me reí como pocas veces y, por extraño que parezca, terminé sintiendo un poco más de aprecio por el hombre imperfecto que soy.

Y eso, cabrones, me parece una maravilla.


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