Hoy inicio un nuevo reto: dejar de procrastinar cuando leo. Paradójicamente, el reto empieza con un acto de procrastinación obligado: debo dejar el libro que estoy leyendo para enfocarme en dos nuevos proyectos, The Wisdom Jesus, de Cynthia Bourgeault, y The Kingdom of God Is Within You, de León Tolstói. Intentaré terminar uno antes de empezar el otro.
Siempre me ha interesado Jesús como maestro, no como el hijo mágico de Dios, ese superhombre mejor que nosotros porque un dios, al estilo griego, le confirió poderes que nosotros no tenemos. Para mí, lo fundamental está en aquello que intentó enseñarnos y que, por nuestra incapacidad, nunca se convirtió en la brújula moral que debió ser.
Esta inquietud renació cuando, al ver el discurso de victoria de James Talarico, leí en el podio un mensaje: «Love thy neighbor». Recordé entonces que uno de los objetivos principales de mis proyectos literarios es volver más inteligible la verdad que expresó el maestro universal.
Quiero entender a Jesús para alcanzar la mejor versión de mí mismo, porque esa es también la mejor versión que puedo ofrecer a los demás. Y quiero hacerlo, además, como prueba fehaciente de que es posible.
Si algún día lo logro, ese conocimiento, ese entendimiento, esa fe se convertirán en acción. Entonces Jesús será Verbo y no más sustantivo.
Seguro estoy de que no es una empresa sencilla; seguro estoy de que la inquietud que inicia esta búsqueda me llevará a la perturbación. Encontrar una verdad distinta de la que hemos considerado única y universal durante milenios me perturbará a mí y nos perturbará a todos. Ya lo advierte el Evangelio de Tomás: «Si estás buscando, no debes detenerte hasta encontrar. Cuando encuentres, sin embargo, te perturbarás».
Ante la llegada inminente de ese estado, uno debe recordar cada día por qué busca. Buscamos porque lo que nos han repetido siempre no tiene sentido. Leemos, preguntamos e investigamos porque nuestro entendimiento se siente incompleto, aunque a menudo emprendemos la búsqueda con una expectativa silenciosa: que lo que descubramos confirme, de algún modo, lo que ya creemos.
Solemos asociar el hallazgo con el alivio. Pero el tiempo, o la creencia de que es escaso, es uno de nuestros tesoros no renovables, y reconocer que siempre estuvimos equivocados y que habría que empezar de nuevo es una idea vertiginosa para la que no todos estamos listos.
Hay dos formas fundamentales de adquirir conocimiento. En la primera sumamos algo a lo que ya sabemos: aprendemos algo que vuelve relevante un hecho histórico, investigamos la etimología de una palabra nueva. El conocimiento aumenta, pero el modo y la estructura de pensar permanecen intactos, y corremos el riesgo de convertirnos en buscadores eternos, porque seguimos sin encontrarle sentido a lo que sabemos. Esta forma de descubrir aumenta lo que sé y, también, las dudas sobre lo que sé.
En la segunda descubro una idea que contradice una convicción milenaria y reconozco que un juicio que creía propio es, en realidad, heredado de mi modelo mental: la televisión, la religión, el código postal, casi siempre ligado al nivel de ingresos. Descubro que el juicio que hacía de los demás nacía, sobre todo, de mi incapacidad de hacerme cargo de mí. Lo que condeno en otro existe también en mí.
Esta segunda forma de descubrir nos sacude porque, al modificar lo que creo saber, amenaza lo que creo ser. La inquietud crece a medida que se dibuja una línea entre lo que creía ser y lo que, sostenido por un conocimiento que me da más sentido, puedo y debo ser.
Entonces vuelve el miedo al tiempo. Es como si tardaras treinta años en llegar a la cima de una montaña y, al llegar, encontraras una pequeña caja con un mensaje: «Esta montaña no es; es la otra».
A mí me pasó algo parecido. Alcancé muy joven una cima económica. Ante los ojos de los demás, yo era el éxito. Disfrutaba de reconocimiento social y tenía muchas de las ventajas materiales que otros persiguen toda la vida. Sin embargo, no estaba pleno. Sobre todo porque creía comprender a Tolstói, a Dostoyevski, a Whitman, a Piketty, a Maquiavelo y a muchos otros, y creía que ese entendimiento era el correcto.
Así nació mi primera perturbación: había llegado, había abierto la caja y el mensaje era claro. No venía de lo mucho que sabía, sino de mi creencia de que eso que sabía bastaba para darle sentido a la vida. «Al menos en eso me parezco a Tolstói», me decía, como si un asiento de primera fila en el infierno me hiciera olvidar que estaba dentro de él.
No sabía que había acumulado información y no entendimiento. Hoy intento releer a Tolstói, porque recuerdo, de aquella inconsciencia que confundía con erudición, que él examina la contradicción entre las enseñanzas de Jesús y la conducta de las sociedades que dicen profesarlas. Releerlo podría ser como leer la autobiografía de mi pasado.
Cuando llegó ese momento, me hice pedazos. Me había costado mucho llegar a la cima equivocada. No lo entendía; era injusto. ¿Por qué a mí, que había luchado paso a paso por esa cima? Reté a Dios y a Jesús, porque veía a Jesús como el hijo del mago universal y no como el master teacher que hoy es en mí.
Lancé treinta preguntas al cielo, porque mi ignorancia, a la que le encantaba disfrazarse de conocimiento, me decía que esos dos hustlers vivían allá arriba. Uno blasfema cuando no entiende la vida, pero blasfema contra sí mismo, no contra ellos.
Una de las preguntas que más se repetían era: ¿entonces debo abandonar todo lo que he sido, todo lo que hice por llegar a serlo? Eso me llenó de vértigo. Abandonar lo que había construido, lo que ya era, el reconocido, el representante del éxito, era impensable.
Emerson lo explica con más dignidad en Self-Reliance. Al criticar nuestro apego a la consistencia, se pregunta por qué nos sentimos obligados a defender una opinión solo porque la expresamos ayer, y nos abofetea con su célebre frase: «una consistencia necia es el duende de las mentes pequeñas».
Por eso me hice pedazos en aquella cima, que no era la final, sino una cima pasajera; pero yo no lo sabía. Y empezaba la perturbación: ¿y si alcanzo la otra cima y en ella también hay una caja, y en la caja, el mismo mensaje?
Lloré sin respuestas, solo, en esa cima fría. Mis creencias se volvían insuficientes; no entendía, porque creía saber. No entendía que empezaba una etapa de transición. Me quedé ahí días, sin comer, sin dormir, hasta que el enojo y la blasfemia se volvieron humildad, porque cuando estás hecho mierda la arrogancia sale corriendo como la cobarde que es. Entonces volví al cielo… no, no: volví a mirar el cielo; en aquella época yo nunca había estado en el cielo. Y les pregunté: si el mundo no es como yo pienso, ¿cómo es? ¿Qué otras cosas son posibles?
Me gustaría decirles que Dios bajó de la mano de Jesús y respondió mis preguntas. No: no bajaron, y no lo hicieron, sobre todo, porque no están allá arriba. Si quiero entender la verdad, tengo que practicarla. Me gustaría decirles que me recuperé en unos días, pero no: pasaron años. Más de una década después entendí que por fin había encontrado el camino. Aquella primera fila en el infierno fue el inicio del camino al paraíso.
Y fueron años, porque no toda crisis, existencial, intelectual o económica, es un camino hacia la iluminación o hacia el éxito. No toda contradicción contiene una revelación.
Dije que encontré el camino, pero eso no significa que la búsqueda haya terminado. No ha terminado porque lo que busco no es una serie de conocimientos que puedan adquirirse, sino etapas de la vida que necesitan vivirse.
Y no ha terminado porque comprender las enseñanzas de Jesús no es poca cosa: es, probablemente, la tarea más grande que puede emprender un individuo. Acumular conocimientos ya no es lo que define al nuevo individuo que soy. Este nuevo individuo vive experiencias que transforman, día a día, su entendimiento.
Quiero, deseo y sé que aprenderé, porque mi tarea será después emular al maestro: learning, para así ser able to teach. Hacerme cargo de mí mismo para después mostrarles cómo hacerse cargo de sí mismos.
Y entonces, tal vez, solo entonces, sea capaz de explicarles algún día a qué se refería el carpintero de Nazaret cuando le habló a Nicodemo de las cosas del cielo.
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