Desde hace ya varios meses, he comenzado a experimentar una sensación extraña. No dolorosa, no amenazante. Más bien maravillosa, íntima, secreta. Es como si mis ojos estuvieran cediendo su trono a una visión más profunda. Estoy perdiendo la vista, sí, pero estoy empezando a ver.
No exagero. No es enfermedad ni síntoma. Es revelación. Es el inicio de una forma distinta de percepción. Una en la que los sentidos se subordinan al espíritu. Y en ese nuevo orden, la escritura se vuelve no una vocación, sino una urgencia.
Siempre quise vivir ese fenómeno del que hablaban Borges o José Emilio Pacheco: esa conexión con una fuerza mayor, divina, inexplicable, que no se comanda ni se provoca, sino que se espera con humildad. Pacheco decía que él no era quien escribía. Que si lo fuera, jamás habría escrito poemas malos. Que era esa fuerza —la poesía universal, el espíritu creador, Dios tal vez— quien lo usaba como instrumento. Y yo, desde que empecé a escribir, deseé con hambre que un día eso me sucediera.
Soñé con que una mañana cualquiera, al abrir los ojos, todo se volviera escritura. Que cada árbol me hablara, que cada nube me dictara, que la sinfonía de los pájaros me urgiera a tomar la pluma. Que el mundo entero se convirtiera en tinta. Que pudiera desaparecer como individuo y reaparecer en forma de texto. Que mi ego se disolviera y lo que quedara fuera una obra que honrara a la literatura, al árbol que dio su vida para ofrecerme esta superficie blanca donde los pensamientos intentan volverse eternos.
Y hoy, eso parece estar ocurriendo.
Estoy dejando de ver el mundo como siempre se me manifestó. Ya no lo percibo como un conjunto de objetos, sino como un conjunto de símbolos. Un río ya no es solo un cuerpo de agua: es un texto en movimiento. Su calma superficial interrumpida por las rocas ocultas es metáfora de la vida. Las montañas no se elevan: me gritan. Me exigen ser escritas. Las nubes no flotan: sus formas se convierten en ideas. Los robins americanos no cantan: sus trinos son versos que me dictan sin permiso.
Incluso el viento que corre entre los árboles tiene ahora voz propia. Y las hojas, al caer, ya no son parte del otoño: son palabras.
Me ocurre lo que Emerson describía en Nature, cuando dijo:
“Standing on the bare ground—my head bathed by the blithe air and uplifted into infinite space—all mean egotism vanishes. I become a transparent eyeball; I am nothing; I see all.”
(De pie sobre la tierra desnuda —mi cabeza bañada por el aire alegre y elevada al espacio infinito— todo egoísmo desaparece. Me convierto en un ojo transparente; no soy nada; lo veo todo.)
Esa imagen —el ojo transparente, el yo que desaparece para que todo pueda ser visto— no es una metáfora lejana. Hoy, es una experiencia literal. Mi individualidad se disuelve para dar paso a algo más vasto, más silencioso, más real. Y en ese estado, las palabras no se buscan, llegan. No se construyen, se revelan.
No puedo detenerme. No debo.
Pedí la conexión divina, y ahora la tengo. No sería digno rechazarla. Incluso los contratiempos, las demoras, los obstáculos del día, se transforman en pensamientos que rozan la belleza elegante de la humilde simplicidad. La conexión necesita una vía de descarga. Y esa vía, para mí, es la literatura.
No puedo quedarme estático. No fui llamado solo para recibir. Fui llamado para compartir. Para canalizar. Para esparcir el bien al mayor número de personas posibles. Estoy empezando a entender lo que significa verdaderamente “inspiración”: no es una emoción, es una responsabilidad.
Lo que antes eran solo pensamientos ahora son mandatos. Lo que antes eran emociones hoy son instrucciones. Esta fuerza no se conforma con conmoverme: exige que actúe. Que escriba. Que publique. Que comparta.
Y sé —con la misma certeza con la que uno siente que está vivo— que estas letras llegarán pronto a las personas adecuadas. Que tocarán mentes y corazones, y que algunos de esos corazones querrán hacer lo mismo que yo intenté hacer por ellos: usar la palabra para iluminar. Esa será mi mayor victoria.
Porque ya cuento con lo más difícil: un corazón amoroso, una conciencia elevada. Solo me falta un último paso: alcanzar la libertad de mando que solo las letras pueden otorgarme. Y cuando eso ocurra, me iré al bosque. Solo, silencioso. Me recostaré sobre la tierra, cerraré los ojos y le daré gracias a la vida.
Gracias por permitirme ver el mundo más allá de los ojos.
Gracias por volverme un hombre libre.
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