Ensayos y crónicas bilingües sobre fronteras y pertenencia//Bilingual essays and chronicles of borders and belonging

Lo que aprendí del dolor, la literatura y los cambios de nombre.

“Ser uno mismo en un mundo que constantemente intenta que seas otra cosa es el mayor logro.”— Ralph Waldo Emerson

Desde pequeño entendí que la identidad no es un regalo, sino una batalla. Cada mañana en la
escuela, cuando el maestro alzaba la voz y decía “Emiliano del Refugio”, sentía que mi nombre
pesaba más que mi cuerpo delgado, más que mis silencios y más que mi inseguridad. Y
respondía con un “Presente” que no era una afirmación de vida, sino un acto de supervivencia.
El aula entera se transformaba en un coliseo de risas, y yo, pequeño de tamaño, torpe en
deportes, me convertía en blanco fácil. El deporte no me acogía, mi cuerpo no me defendía y mi
nombre parecía escrito para que tropezara sobre él.
Pero el origen de ese nombre llevaba consigo una historia que yo no podía entender de niño.
Emiliano se llamaba el padre de mi madre, Refugio el padre de mi padre. Ambos nombres fueron
elegidos como tributo, no tanto a personas perfectas, sino a figuras familiares que el tiempo
había cubierto con una pátina de respeto y nostalgia.
Linajes que, si uno miraba con honestidad, no siempre habían tratado a sus hijos del mejor modo,
pero que, por costumbre o por esperanza, mis padres seguían honrando. Como en la Grecia
antigua, donde las estatuas ahumadas demostraban su antigüedad y, con ello, su supuesta
nobleza, mis padres veneraban lo que creían que sus familias habían sido, aunque la realidad
dijera otra cosa.
Y así, mi nombre completo fue la tregua forzada entre dos historias familiares: cada quien dejó
su huella sobre mí, como si al nombrarme pudieran perpetuar su legado o corregir su ausencia.
Así nací yo, con un nombre largo como una oración y pesado como una sentencia, que era tanto
una herencia como una deuda, tanto una promesa como una carga.
Todos los días, en la escuela primaria y secundaria, desde los 6 años hasta los 14, se repetía el
mismo ritual. El maestro o la maestra pasaban lista, y el momento que para otros era
insignificante, para mí era el centro de todas las miradas.
Ahí, entre cuadernos gastados y ventanas polvorientas, mi nombre completo sonaba con una
claridad cruel:
—Emiliano del Refugio.
Y yo, con el corazón encogido, respondía un “Presente” que pretendía ser firme, pero que apenas
lograba sostenerse ante las risas que inevitablemente venían después.
A esa edad uno aún no sabe defenderse con argumentos, solo con silencios o con huidas. Y como
el balón no me acogía, ni los juegos me aceptaban, elegí esconderme donde pocos niños quieren
ir: en los libros.
Donde otros buscaban gloria en la cancha, yo busqué refugio entre páginas. Leer, en un país
donde la lectura era vista como rareza o enfermedad social, fue mi salvación y mi condena.
Un libro en las manos era mi disfraz perfecto: nadie se acerca a quien parece ocupado con otros
mundos.
Tener un libro era como portar una granada sin espoleta: disuasoria, solitaria, efectiva.
Como escribió Emily Dickinson:
“No hay fragata como un libro para llevarnos a tierras lejanas.”
Así viajaba yo, sin moverme, a mundos donde los nombres no dolían y donde el talento bastaba
para ser alguien.
Con el tiempo entendí que la vida adulta no premia los goles ni las canastas (a menos que seas
profesional), sino las ideas que sabes construir, las palabras que sabes pronunciar, el trabajo que
sabes sostener cuando nadie aplaude.
Fueron las palabras las que me abrieron las puertas del éxito económico.
Fueron las imágenes de revistas las que me enseñaron que en sociedades superficiales, el buen
vestir puede ser un pasaporte.
Aprendí a usar corbatas porque, aunque no me definieran, sabía que el mundo me evaluaba por
ellas.
Aprendí a hablar con elegancia porque la sociedad premia la forma, aunque pocas veces entiende
el fondo.
Pero las inseguridades no desaparecieron; simplemente aprendieron a vestirse mejor. Llegaron
los autos alemanes, los trajes finamente cortados, los zapatos italianos. Inseguro como era, me
aseguraba de que todos pudieran ver —aunque yo jamás lo admitiría entonces— el costo de mis
autos, el brillo de mis relojes, el corte perfecto de mi ropa.
Era el odio guardado hacia todos aquellos que me habían visto menos, hacia quienes reían al
escuchar mi nombre completo en el pase de lista, hacia quienes creyeron que yo siempre estaría
en el margen.
Era el underdog manejando un Mercedes, intentando validarse a sí mismo a través de lo visible, a
través del aplauso superficial.
Pero, en el fondo, seguía siendo el mismo niño temeroso, el mismo inseguro de siempre.
Y la prueba más clara era que seguía escondiendo mi nombre. Había cambiado mi auto, mi
vestimenta y mi cuenta bancaria, pero seguía huyendo de esas dos palabras que un día me
dolieron. Seguía temiendo al “del Refugio”, como si borrarlo del acta borrara mi historia.
Pero el tiempo —ese maestro silencioso que no grita, pero transforma— comenzó a susurrarme
una verdad imposible de ignorar: los nombres no te definen, a menos que tú se los permitas.
Comprendí lo que las Escrituras tantas veces enseñan: el cambio de nombre es el signo externo
de una transformación interna.
Cuando Dios cambió el nombre de Abram por Abraham, no solo le dio un nuevo título, le dio un
propósito eterno: “padre de multitudes”.
Cuando Jacob, el suplantador, fue llamado Israel, no fue solo un nuevo sonido, fue el
reconocimiento de su lucha interior, de su victoria sobre sí mismo.
Cuando el pescador Simón fue nombrado Pedro, dejó de ser un hombre común para convertirse
en la roca firme donde se edificaría algo más grande que su vida.
Cuando Saulo, el perseguidor, renació como Pablo, dejó atrás el odio y se convirtió en apóstol de
la libertad.
No fue el nombre lo que los salvó. Fue el cambio interior que el nombre selló como un pacto
entre su pasado y su futuro.
En la historia secular ocurre lo mismo: los nombres son trincheras y banderas.
Malcolm Little dejó atrás el apellido de sus opresores y se nombró Malcolm X, incómodo e
indomable.
Cassius Clay eligió llamarse Muhammad Ali, como declaración de independencia espiritual y
racial.
Camilo Cienfuegos, cuyo nombre parece un verso rebelde, aún evoca nobleza y revolución.
Virginia Woolf, que arrastraba su propio dolor, firmó un legado inmortal que rompió los moldes
de su época.
Incluso Lady Gaga reinventó su identidad para conquistar escenarios que no habrían aceptado a
Stefani Germanotta.
Yo también creí que borrando un nombre borraba un pasado. Apenas fui mayor de edad, con mis
primeras tarjetas bancarias activas y algo de dinero ganado con mi esfuerzo, contraté un abogado
y borré legalmente aquel “del Refugio” que me parecía una carga. Me quedé como Emiliano,
más simple, más digerible, menos motivo de burla.
Pero como dijo Nietzsche:
“El hombre maduro vuelve con amor a lo que le dolía en la infancia.”
Y el día menos pensado, volví a mirarme en el espejo, no como el niño que huía, sino como el
adulto que se reconocía.
Volví a mi nombre completo, no como una cadena, sino como una bandera.
“Del Refugio” dejó de ser un escondite y se convirtió en un estandarte.
Porque comprendí que no es el nombre lo que te encierra, sino el miedo. Y no es el pasado lo que
te pesa, sino la manera en que lo arrastras.
Entendí que el refugio no es cobardía. Es abrigo. Es raíz. Es historia. Y uno no puede construir
un futuro sólido si niega sus raíces.
Siempre fui un underdog. Desde el físico frágil, desde la torpeza deportiva, desde el nombre
complicado.
Siempre partí desde atrás en la carrera, desde el margen. Pero el margen me dio visión. Allí,
donde pocos miran, uno aprende a observar mejor.
La literatura me enseñó a pensar. La soledad me enseñó a resistir. El fracaso me enseñó a
reconstruirme.
Kipling lo escribió así:
“Si puedes soportar oír la verdad que has dicho, deformada por bribones para engañar a los
necios, o ver las cosas por las que diste tu vida, rotas, y agacharte y reconstruirlas con
herramientas gastadas… entonces habrás vencido.”
Hoy sé que el talento y la personalidad, cuando son fuertes, convierten la burla en medalla, el
margen en centro, la sombra en luz.
Porque el verdadero refugio no es el silencio del miedo, sino la voz que un día aprende a decir:
“Aquí estoy.”
No importa cuántas veces te llamaron por un nombre que no elegiste.
Lo que importa es cómo tú mismo te nombras cuando nadie te mira.
Y hoy me nombro sin miedo: Emiliano del Refugio.
Cada letra de ese nombre me recuerda que fui forjado en el fuego de la marginación, pero que no
pertenezco al fuego, sino a la luz que se construye después de él.
La vida puede darte un nombre, pero solo tú puedes darle sentido.
No hay vergüenza en el origen, si tu destino lo escribes tú.
Y hoy lo digo sin temor: no importa el nombre cuando el talento y la visión lo sostienen.
Porque la verdadera victoria no es borrar el pasado, sino mirarlo de frente y decirle:
“Gracias por haberme forjado.”


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