Ensayos y crónicas bilingües sobre fronteras y pertenencia//Bilingual essays and chronicles of borders and belonging

Manfred, Fausto y la Idea de América

En la literatura clásica, el Romanticismo europeo nos dio a dos figuras inmortales: Manfred y Fausto.
El primero, creado por Byron, es el hombre orgulloso que nunca se hace responsable, que maldice al mundo y culpa a los demás por sus desgracias, que convierte su herida en identidad y su queja en estandarte.
El segundo, nacido de la pluma de Goethe, es el hombre que se equivoca, que cae, que pacta incluso con la tentación, pero que al final comprende que la redención se alcanza en la acción, en el deber cumplido, en el hacerse cargo de sí mismo.

Estos dos personajes no pertenecen solo al siglo XIX. Siguen vivos hoy, encarnados en dos tipos de ciudadanos: los que gritan desde los extremos —los magas, los wokes, y todo aquello que comparte la misma esencia del ruido irresponsable—, y los que en silencio trabajan, sostienen, siembran y construyen, los Faustos de nuestra era, la mayoría silenciosa que mantiene en pie a la república.

Porque Estados Unidos no es únicamente un país: es una idea. La más poderosa y única que ha surgido en la historia política de la humanidad. Una idea que se sostiene en dos frases que parecen sencillas, pero que contienen un universo entero: E Pluribus Unum —“De muchos, uno”— y In God We Trust.

La primera nos recuerda que de la diversidad de pueblos, religiones, lenguas y pasados puede nacer un solo cuerpo político. La segunda que, más allá de la debilidad humana y del ruido de las minorías, existe una confianza superior que ordena y da sentido.
Juntas han sido brújula y cimiento, guía y destino.

La historia como espejo

La historia confirma esta verdad. Francia cayó en el Reinado del Terror porque los jacobinos eligieron el ruido sobre la responsabilidad. Los discursos eran grandilocuentes, pero las guillotinas se multiplicaban mientras el país se desangraba. Fue un triunfo efímero de los Manfreds, que convirtieron su resentimiento en dogma y destruyeron aquello que decían construir.

Los populismos del siglo XX repitieron el mismo patrón: gritos en las plazas, consignas fáciles, culpables externos. Mussolini, Perón en sus excesos, y tantos otros líderes que alimentaron la ira de las masas terminaron debilitando las instituciones que sostenían a sus pueblos. Todos ellos fueron Manfreds modernos: ruidosos, orgullosos, incapaces de aceptar el peso de sus propias decisiones.

El caso extremo lo dieron los nazis en Alemania. Su proyecto fue una apoteosis del victimismo convertido en crimen: culparon a minorías, se proclamaron redentores de la patria, y llevaron a su nación al desastre más absoluto.

En contraste, la tradición americana se sostuvo sobre Faustos.
Los peregrinos que firmaron el Mayflower Compact entendieron que no podían culpar al océano ni a la corona inglesa por su destino; asumieron la carga de gobernarse a sí mismos.
George Washington, tras vencer en la independencia, pudo haberse convertido en rey, pero eligió limitarse y retirarse después de dos mandatos. Un acto de responsabilidad que aseguró la supervivencia de la república.
Abraham Lincoln, en medio de la Guerra Civil, no buscó excusas ni culpables: cargó con el deber de preservar la Unión, aun a costa de su propia vida.

Ninguno de ellos fue perfecto, pero todos supieron que la grandeza nace del sacrificio y del deber cumplido. Fueron Faustos en la historia real: ciudadanos que, aun con errores, comprendieron que la acción responsable es la única vía hacia la redención de una nación.

Por eso la lucha de hoy no es entre derecha e izquierda. Es entre Manfreds y Faustos. Entre los que gritan en los extremos y los que sostienen en silencio. Entre quienes ven en la nación un escenario para sus quejas y quienes la entienden como un compromiso.

La maravillosa y única idea de Estados Unidos no está en las gargantas de los ruidosos, sino en las manos callosas de los responsables. No en los eslóganes vacíos, sino en la disciplina diaria. No en los Manfreds que culpan, sino en los Faustos que cargan.

Mientras exista esa mayoría silenciosa que entiende la verdad de E Pluribus Unum y la esperanza de In God We Trust, América seguirá siendo no solo un país, sino la gran idea que el mundo aún no ha podido igualar.

Y yo mismo soy prueba de ello. De joven fui más Manfred que Fausto; viví atrapado en el error de culpar a otros de mis desgracias, alimentado por un victimismo mexicano y latino que glorificaba la pena en la música y convertía la desgracia en identidad, que construía en la literatura narrativas de orfandad, destino inexorable y explotación perpetua. Era un país muy poco cartesiano, donde el ruido sofocaba cualquier posibilidad de descubrir su verdadera grandeza. Por eso emigré: porque no encontré redención en la queja. Y no me arrepiento. Porque esas cenizas del Manfred que fui sirvieron para fundar al Fausto del presente, en este país maravilloso donde cada mañana es azul como el cielo, verde como las montañas que me rodean, y claro como la certeza de que la libertad no se canta en la desgracia, sino que se edifica en la responsabilidad.


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