Ensayos y crónicas bilingües sobre fronteras y pertenencia//Bilingual essays and chronicles of borders and belonging

“El alma se tiñe del color de sus pensamientos.”

Marco Aurelio

Un joven de pie en un rayo de luz, rodeado de oscuridad, simbolizando la introspección y la reflexión.

Hace algún tiempo —no sé si en una madrugada rota, o en esa hora temblorosa donde el café todavía humea y el día apenas existe— encontré una frase que me partió en dos.
Decía:

“El cuerpo es una sombra de tus pensamientos…
una escultura moldeada por lo que piensas.”

La lectura entera se me quedó fija en el pecho, como una lanza clavada despacio.
Porque si ese escritor tenía razón, entonces lo que llamamos cuerpo no es más que el eco de algo más grande:
una vibración, un pensamiento repetido, un susurro mental que termina tomando forma en carne.

El autor hablaba del gimnasio, de esa gente que levanta pesas con el rostro tenso, contando:
1, 2, 3…
pero decía que no son las repeticiones las que cincelan el músculo, sino el pensamiento insistente, casi ritual, que late detrás de cada rep:
estoy en forma… estoy en forma… soy fuerte… soy fuerte…
como si el acero que levantan fuera menos importante que la convicción con que lo levantan.

Hombre desnudo de espaldas con efectos explosivos de luz y energía saliendo de su espalda, simbolizando la conexión entre mente y cuerpo.

Esa idea me voló la cabeza.

Porque si fuera cierta —si el cuerpo es una sombra de la mente—
entonces sería brutal admitirlo:
que lo que somos físicamente es un dibujo mental,
un boceto espiritual manifestado,
una estatua esculpida no por el cuerpo, sino por la imaginación que lo sostiene.

Sería brutal descubrir que somos seres mentales,
y por tanto seres espirituales,
y por tanto hechos a imagen y semejanza no de la tierra…
sino de un espíritu que piensa.

Sería brutal aceptar que somos más energía que carne,
más idea que músculo,
más visión que peso,
y que lo corporal es solo una traducción lenta de lo que pensamos cada día.

Pero lo más brutal, lo más demoledor, lo que realmente me sacudió,
fue imaginar que si la mente puede definir un abdomen,
si la mente puede moldear un músculo,
si la mente puede esculpir un cuerpo…

entonces quizá también puede esculpir:

  • un entorno,
  • una economía,
  • una oportunidad,
  • una vida entera.

Porque si el cuerpo no es más que una sombra,
entonces la vida también lo es.
Y la sombra siempre depende de la luz que la proyecta.

¿Qué pasaría si esa luz fuera el pensamiento correcto?
¿Quién serías si tu mente se volviera un cincel?
¿Hasta dónde podrías llegar si decidieras moldear no solo tu abdomen,
sino tu destino?

Esa frase venía en una novela ficticia.
No era un tratado, ni una lección divina.
Era imaginación.
Pura ficción.

Pero al imaginarla como verdad —aunque fuera por un instante—
lo que sentí no fue fantasía:
fue posibilidad.

Y la posibilidad es la chispa más violenta que existe.


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