Ensayos y crónicas bilingües sobre fronteras y pertenencia//Bilingual essays and chronicles of borders and belonging

“The mind is its own place.”
John Milton

Una figura humana de pie frente a un arco de piedra iluminado por el sol, en un paisaje desértico, simbolizando un nuevo comienzo o transformación.

I. El territorio silencioso

Las cien horas sin comida sólida no son un número.
Son un territorio.
Una frontera donde el cuerpo deja de hablar con el lenguaje de siempre
y empieza a comunicarse de otra manera,
más antigua, más sobria, más cercana a la verdad.

Uno no llega a las cien horas por impulso.
Se llega cuando algo dentro —un eco que casi nunca atendemos—
decide que es tiempo de apagar el ruido
y volver a escuchar la voz que realmente importa.

Recuerdo que alrededor de las 60 horas,
mientras el cuerpo pedía tregua,
sentí que lo que quería regresar no era el hambre,
sino el ruido que antes llamaba “normalidad”.
Ahí comprendí que el ayuno es una frontera más mental que física.

A las cien horas el hambre deja de ser un grito
y se vuelve una sombra leve.
El cuerpo, sorprendentemente dócil,
revela reservas que no conocíamos
y fortalezas que casi siempre ignoramos.

Pero lo más profundo no sucede en la carne,
sino en la claridad que nace del silencio.
Allí descubrimos la acumulación invisible que cargábamos:
costumbres gastadas, pensamientos pesados,
información que no nutría,
hábitos que enturbiaban la mente como un agua estancada.

Entonces el ayuno corporal se vuelve un espejo:
te muestra lo que sobra
y te señala lo que falta.
Y algo empieza a cambiar dentro,
como una luz que entra por una rendija.


II. El orden interior que despierta

Después de las cien horas llega un reacomodo más profundo que la ligereza física:
un orden nuevo, silencioso,
semejante a barrer una habitación que estuvo años sin tocarse.

Aparecen rincones olvidados,
se levanta polvo antiguo,
se pierden cosas que ya no sirven
y se recuperan otras que parecían extraviadas.

Entonces entiendes:
el cuerpo no cambia para verse distinto,
sino para pensarse distinto.
Cada hora sin comer no es una derrota de la carne,
sino una victoria de la intención.

Mientras el cuerpo se aquieta,
la mente despeja su propio territorio.
Las ansias se disuelven,
la urgencia se apaga,
y la disciplina deja de sentirse como una jaula:
se convierte en una forma natural de caminar dentro de uno mismo.

Aparece un deseo limpio, honesto:
purificar no solo lo que entra por la boca,
sino lo que entra por los ojos, por los oídos, por los pensamientos.

En esa claridad vuelves a lo alto:
a los textos que elevan,
a las ideas que purifican,
a los autores que forman.

“Nothing can bring you peace but yourself.”
Ralph Waldo Emerson

Regresas a los evangelios,
no como quien busca religión,
sino como quien busca origen.
Regresas a Milton,
con esa batalla eterna entre lo que cae y lo que se eleva.
Regresas a Emerson,
cuyas palabras fluyen como un río que nunca envejece.

Y comprendes que no querías transformar tu cuerpo:
lo que querías era recordar tu espíritu.
No buscabas un “nuevo yo”:
estabas regresando al que siempre estuvo ahí,
esperando bajo el ruido y la prisa.


III. La luz que regresa

Este ayuno no ha sido un acto físico:
ha sido una decisión del espíritu.
Una forma de decirte que estás listo
para cerrar un ciclo y abrir otro.

Listo para dejar atrás
la versión distraída de tu propia vida.

“Cuando ayunes… unge tu cabeza y lava tu rostro.”
Evangelio de Mateo 6:17

Doy gracias a Dios por la fuerza,
por la paciencia que antes no tenía,
por la luz necesaria para llegar hasta este punto.
Porque esta frontera no se alcanza por accidente.

Agradezco a la vida
por recordarme que el universo perfecto
siempre recibe al que camina con intención.

Hoy me miro y encuentro una figura más cercana
a lo que siempre fui.
Una forma escondida durante años
bajo capas de prisa, ruido y olvido.

Hoy comienza un nuevo camino.
Uno donde no busco inventarme,
sino recordar.
Recordar la versión completa,
la versión consciente,
la perfección olvidada
que por fin reaparece.


IV. Por qué ayuné: la explicación terrenal

Ayuné para recuperar la perfección en mi cuerpo
y al mismo tiempo
recuperar la perfección en mi pensamiento.

Ayuné para limpiar el exceso,
para escuchar lo que el ruido había tapado,
para ordenar la vida desde dentro.

Fasting no como castigo,
sino como regreso:
el regreso a lo que soy,
a lo que siempre fui.


V. Invitación final

Si alguna vez has sentido la necesidad de apagar el ruido
y volver a ti,
quizá este sea un buen momento para escucharte.

¿Qué encontrarías tú al cruzar tus propias cien horas?
Si este texto despertó algo en tu interior,
me encantará leerte.


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