Ensayos y crónicas sobre fronteras y pertenencia · Essays and chronicles of borders and belonging

Cuando el bosque se volvió libro y el águila maestra

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Águila calva posada sobre una rama, preparándose para volar, con un paisaje montañoso difuso al fondo.

Cuando leí por primera vez la frase de Frederick Douglass,
«Once you learn to read, you will be forever freed»,
algo en mí se encendió, pero todavía no entendía del todo lo que significaba.
Yo sabía leer desde hacía años, sí, pero leía de una manera que hoy reconozco como superficial.

Yo solía leer así:
leía para que otros vieran que leía,
leía para sostener un libro como quien sostiene una credencial,
memoriza­ba párrafos porque estaba sediento de aprobación,
porque necesitaba demostrar algo que todavía no sentía como verdad dentro de mí.

Esa manía de memorizar era el símbolo más claro de mi inseguridad:
no me bastaba con ser, necesitaba parecer.
No buscaba tanto comprender, sino impresionar.
Y aunque la frase de Douglass hablaba de libertad,
yo seguía leyendo desde una pequeña cárcel hecha de ego y de miedo.

Con el tiempo, algo empezó a cambiar.
Fueron las letras bien entendidas, sí, pero también fue mi contacto cada vez más constante con la naturaleza.
Mientras más leía, más sentía la necesidad de salir, de caminar, de respirar entre árboles,
como si los libros me hubieran empujado hacia otro tipo de lectura:
la lectura del mundo vivo.

En una etapa de mi vida me convertí en un explorador de caminos en medio de bosques.
Pasaba horas recorriendo veredas, escuchando el crujir de las ramas,
dejando que el silencio dijera cosas que ningún libro se atrevía a pronunciar.
Un día, caminando, descubrí a lo lejos el nido de un águila calva.
La perspectiva del terreno me daba una vista preferencial del majestuoso porte de la reina de las aves:
la veía posarse, alzar el vuelo, regresar con una precisión que parecía coreografiada por el mismo cielo.

Desde que lo descubrí, comencé a visitar ese lugar todos los días.
Volvía como quien vuelve a un altar secreto.
Me sentaba a observar, sin prisa, a las águilas y su rutina perfecta.
Fue ahí, mirándolas una y otra vez,
donde me di cuenta de la majestuosidad y la perfección del ave,
y, sobre todo, de su seguridad.

El águila no duda de sí misma.
No se pregunta si merece el cielo.
No necesita aplausos para desplegar sus alas.
No busca aprobación para cazar, para volar, para existir.
Simplemente es.

Ese fue el preámbulo, el umbral de una comprensión más profunda:
ahí, frente a esa águila, comencé a intuir que yo, como el águila, también soy perfecto,
que soy parte de un orden universal,
y que fui creado por el mismo Artista eterno que creó al águila.
La única diferencia es que yo dudo, y el águila no.

Fue ahí, en la naturaleza, que realmente aprendí a leer.
Primero aprendí a leer los libros,
después aprendí a leer la vida.
Primero leí párrafos,
después momentos eternos:
un atardecer entre montañas,
un árbol resistiendo al viento,
un río que no deja de avanzar aunque nadie lo mire.

Fue ahí donde comencé a ver a Dios,
no como una figura lejana, sino como el Todo del que formo parte:
vi la parte que me corresponde y que pertenece a ese Todo,
esa parte en donde yo formo parte de la perfección divina.

Fue ahí donde dejé de memorizar y comencé a ser el yo diseñado por un Artista eterno
que solo diseña cosas perfectas.
Mi capacidad literaria creció tanto como la pose del águila allá arriba,
segura, firme, consciente de su grandeza natural.
Fue ahí que supe que formo parte de un orden universal
que solo tiende a la perfección y a la abundancia.

Entonces la frase de Douglass se reescribió dentro de mí.
“Una vez que aprendas a leer serás libre para siempre”
ya no significaba solo aprender a juntar letras.

Significaba aprender a leer de esta forma:
leer hasta comprender quién eres,
leer hasta ver a Dios en todo,
leer hasta reconocer que tu origen es perfecto,
que no estás separado del orden divino,
que la libertad verdadera es recordar lo que siempre fuiste.

Aprendí a leer de verdad cuando dejé de usar las palabras como máscara
y las dejé entrar como revelación.
Aprendí a leer cuando los bosques se volvieron páginas
y las águilas, versículos vivos de un evangelio escrito en el cielo.

Y desde entonces lo sé:
no solo soy alguien que lee libros.
Soy alguien que fue leído por la Vida,
and a partir de ahí,
por fin,
quedé libre.

Y aunque el camino por recorrer para llegar a mi Yo alcanzable es aún largo,
al menos estoy seguro de que el sendero elegido es el correcto.
No he llegado, pero estoy llegando.
Y mi ventaja —mi luz, mi aliento, mi sostén—
es que cada vez que me canso, la vida me regala la facultad sagrada de observar la perfección del universo que me rodea eternamente.
Un universo que me habla, que me recuerda, que me abraza.
Que susurra, como un viejo maestro de alas abiertas,
que la vida tiene un solo lado:
el lado bueno, el perfecto, el individual.

Nota al pie:
La frase «Once you learn to read, you will be forever freed» se atribuye comúnmente a Frederick Douglass, pero no existe evidencia documental verificable de que haya sido escrita o pronunciada por él de manera literal.


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