porque Sabines es un genio
En el México que yo crecí —que no es el mismo que se vive ahora— las vecindades eran territorios compartidos donde la vida ajena se escuchaba pero no se conocía. La familia se entiende; el vecino se interpreta. Uno conoce al hermano porque ha visto su llanto, sus errores, sus silencios. Pero del vecino solo se ve el reflejo detrás de la cortina, la ropa tendida, la sombra que atraviesa el pasillo. Las historias que imaginamos de ellos no vienen de la realidad, sino del hueco que deja lo que ignoramos.
Ahí vivían dos muchachos universitarios: uno estudiaba medicina, el otro ingeniería. Flacos, jóvenes, con el futuro adelantado en la mente pero atrasado en el bolsillo. Comían poco, dormían mal y soñaban mucho. Tenían metas grandes en un cuarto pequeño, y eso es más difícil que cualquier título.
Una mañana el estudiante de medicina olvidó su bata y varios libros. Llamó desde la universidad con urgencia:
—¿Puedes traérmelos?
—Sí hermano, yo voy.
El compañero tomó sus apuntes, los libros del amigo y, para poder cargarlo todo, se puso la bata encima. Bajó por las escaleras rápido, cruzó el patio sin pensar. Desde una ventana alguien lo vio.
Ese alguien era el vecino que cuidaba a su madre enferma. Un hombre de mirada cansada, de silencio largo, de rutina dedicada a sostener la vida que se le iba apagando en cama. A veces la escuchaba respirar, a veces la tocaba para asegurarse de que seguía aquí. Vivía entre la fe y el miedo.
Cuando vio al muchacho con bata y libros, su mente construyó un significado propio.
No sabía quién era, pero creyó.
La necesidad interpreta lo que no entiende.
bata = conocimiento
libros = preparación
joven = médico en progreso
Y la creencia le pareció lógica, suficiente, verdadera.
Pasaron los días.
La madre empeoró.
Una noche fría el cuerpo de la mujer ya no respondió igual. La madre respiraba muy poquito, casi nada. El hijo entró en pánico. Marcó una ambulancia.
—Llegaremos en veinte minutos —dijeron.
Veinte minutos es muerte cuando el alma que amas se te apaga en las manos.
Entonces recordó al joven.
Recordó la bata.
Recordó su propia conclusión.
Corrió por el pasillo trastabillando, bajó las escaleras sin luz, golpeó la puerta del estudiante con desesperación ardiente.
El muchacho abrió, aturdido por el golpe, por el llanto ajeno.
—¡Ayúdame! ¡Mi madre se está muriendo!
El estudiante se quedó paralizado, mirando el miedo en los ojos del vecino sin saber cómo sostenerlo.
—¿Cómo? ¿Qué hago? ¿Yo qué? —respondió sin comprender.
—¡Tú sabes! ¡Eres pasante! ¡Haz algo!
—¿Pasante? ¿Qué? Yo pensé que querías hablar con mi compañero. Él está con unos amigos estudiando para el final, yo creí que—
Ambos hablaban idiomas distintos desde la misma urgencia.
El vecino estaba convencido de que aquel joven podía salvarla.
El estudiante creía que buscaban al compañero.
El tercero no estaba.
Y la realidad quedó atrapada entre dos interpretaciones ajenas.
Nadie mentía.
Nadie engañaba.
Solo nadie sabía la verdad completa.
La ambulancia llegó minutos después. Voces rápidas, camilla firme, manos tensas. La madre salió envuelta en una sábana. El hijo lloraba, deshecho. El estudiante quedó en la puerta, con la bata ya no en los hombros sino en la memoria, pesada como culpa sin origen.
La vecindad volvió a su sonido habitual, pero algo había cambiado.
Una verdad se reveló sin palabras:
la creencia sustituye el conocimiento cuando el conocimiento no existe.
Se cree lo que conviene.
Se interpreta lo que se desea.
Se inventa lo que se teme perder.
Aquel episodio dejó claro algo profundo:
La creencia no nace del conocimiento, sino del juicio basado en apariencias.
Creemos cuando no entendemos.
Suponemos cuando no sabemos.
Interpretamos cuando no conocemos.
La apariencia es un puente rápido,
pero no seguro.
El entendimiento solo llega cuando la ilusión cae
y lo real se vuelve visible.
De esa historia pasamos al amor —y allí aparece Sabines
Años más tarde, con esta experiencia guardada en la piel, leí uno de mis poemas favoritos y sentí que hablaba exactamente de esto.
Entre creer que amamos y amar realmente hay la misma diferencia que entre ese vecino y aquel joven en la puerta.
Creemos amar cuando llenamos con el otro nuestros vacíos.
Creemos amar cuando idealizamos.
Creemos amar cuando esperamos salvación.
Eso no es amor:
eso es bata.
Es suposición.
Es reflejo.
Amar sin adjetivos —amar limpio— es distinto.
Es ver persona, no símbolo.
Es no pedir que el otro cure lo que no sabe.
No exigir que sea puente, milagro o medicina.
Y entonces, Sabines.
“Espero curarme de ti.”
No habla de curar el amor.
Habla de curar la idea del amor que él mismo construyó.
Habla de sanar la ilusión, no al corazón.
Sabines es genio porque nos muestra la herida más común:
no sufrimos por lo que es,
sufrimos por lo que imaginamos.
La vecindad lo evidencia.
La poesía lo traduce.
La experiencia lo confirma.
Creencia es ficción.
Entendimiento es verdad.
El amor real no necesita bata, no necesita adjetivos,
solo necesita ser visto como es.
Cierre
Si nunca han leído a Sabines y Espero curarme de ti, háganlo ahora.
Pongan al mundo en silencio, respiren y beban poesía.
Les prometo que después de leer a Sabines,
el mundo será un mejor lugar para vivir.
Se los digo no porque lo crea —
se los digo porque lo sé.
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