Hace muchos años, cuando yo era apenas un niño, escuché una frase que todos repetían a mi alrededor y que yo no entendía:
“Ese se da sus humos“
La decían con naturalidad, casi con desdén. Yo pregunté más de una vez qué significaba. Todos respondían lo mismo: que la persona aludida se creía mucho, que era arrogante, que se sentía más de lo que era.
Entendía a qué se referían, pero no por qué se decía así.
¿Por qué humos?
¿Por qué no simplemente orgullo, soberbia o vanidad?
La respuesta no estaba en el lenguaje cotidiano, sino en la historia.
En la antigua Roma, la memoria no era un derecho universal. La sociedad estaba claramente dividida entre quienes habían ejercido el poder público y quienes no. Solo las familias cuyos antepasados habían ocupado magistraturas del Estado tenían derecho a conservar y exhibir bustos de esos hombres en el atrio —el patio interior— de sus casas. Estos bustos se llamaban imagines maiorum.
No eran recuerdos íntimos.
Eran símbolos políticos.
Los hombres representados habían sido cónsules (consules), pretores (praetores), ediles (aediles), censores (censores) o senadores (senatores): ciudadanos que habían ejercido imperium, autoridad real al servicio de la República. Sin magistratura, no había busto. Sin servicio al Estado, no había estatua.
Cada vez que se encendía el fuego del hogar, el humo atravesaba el atrio y, con el paso de los años, iba ennegreciendo los rostros de piedra. Aquella negrura no era descuido ni suciedad: era señal. En una cultura sin historiadores y casi sin relojes, el humo se convertía en una cronología silenciosa, la marca visible del tiempo depositándose sobre la memoria de los muertos.
Cuanto más oscura la estatua, más antiguo el linaje.
Cuanto más humo, más historia acumulada.
Más poder heredado.
De ahí nació la expresión darse humos: no como sinónimo de arrogancia vacía, sino como la ostentación de un pasado público, de una autoridad que no se ganaba en el presente, sino que se heredaba del pasado.
Cuando entendí esto, todo cobró sentido.
Y fue con esa claridad que, años después, utilicé la expresión —no para señalar a otro, sino para negarme— a participar en la construcción, para mí absurda, de un árbol familiar sostenido únicamente en el orgullo de un pasado que nunca sentí como mío.
Un primo se había encargado de recabar información sobre nuestros ancestros. Una familia venida a menos: gente ranchera que alguna vez tuvo dinero, pero que nunca supo generar abundancia ni sostener el abastecimiento. Supieron gastar como si las fortunas fueran infinitas y, cuando el poder económico se extinguió, buscaron refugio en el origen de los apellidos.
Me mostraron nombres, fotografías, genealogías.
—Este venía de España.
—Este otro de Italia.
—Este también de España.
Todo era presentado desde una altivez extraña, como si el simple origen bastara. Como si los humos del pasado —igual que en aquellas estatuas romanas— debieran ser motivo de orgullo en el presente.
A mí no me interesó.
No los conocí.
Nadie me contó sus historias.
Nunca supe quiénes fueron, qué hicieron, cómo vivieron o qué defendieron.
Lo único que parecía importar era diferenciarse.
—Nosotros somos distintos —me dijo mi primo—, porque nosotros somos, en estricto sentido, españoles.
Yo solo puse cara de sorpresa.
Luego me retiré.
Nunca fui bueno dándome mis humos.
Nunca sentí la necesidad de sostenerme en estatuas que no levanté, ni en honores que no gané, ni en pasados que no me pertenecían.
Renunciar al humo no fue un gesto heroico.
Fue, más bien, un acto de silencio.
Mientras otros miraban hacia atrás buscando respaldo, yo dejé de hacerlo. No por desprecio al pasado, sino por respeto al presente. Entendí que el humo nubla: envuelve, confunde, suaviza las aristas de la realidad. Protege del vacío, pero también impide ver con nitidez.
Al renunciar al humo, el mundo apareció tal como era. Sin filtros. Sin excusas. Sin estatuas que justificaran el paso. Lo que quedó fue más duro, sí, pero también más verdadero. Ya no había nombres que me sostuvieran ni genealogías que me defendieran. Solo el día de hoy, con su peso exacto y su exigencia clara.
La claridad no llegó como revelación, sino como consecuencia. Al no cargar con honores heredados, tuve que aprender a estar de pie por mí mismo. A medir mi valor no por lo que fui antes de nacer, sino por lo que era capaz de construir con mis manos, con mis decisiones, con mis errores.
Renunciar al humo fue aceptar la intemperie.
Pero en esa intemperie apareció la luz.
Porque el humo pertenece al pasado;
la dignidad, en cambio,
solo se construye en el presente.
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