La promesa de Fenway Park

Recuerdo que veíamos a los Red Sox cada vez que la televisión lo permitía.
En México no había acceso continuo a la MLB; solo televisaban a Valenzuela, y alrededor de esos juegos se abría una pequeña ventana a las Grandes Ligas. Y, por supuesto, el Clásico de Otoño. Pero la verdad es que yo no estaba ahí por el béisbol.
Yo estaba ahí por ti.
A los siete años uno juega, uno es niño. Los deportes aún no pesan, no se eligen con devoción. Yo me sentaba a tu lado simplemente para pasar tiempo contigo. El juego era una excusa. Hasta que una noche algo cambió.
Fue aquella vez, en el Clásico de Otoño.
Décima entrada.
Una pelota lenta.
Un error.
Por primera vez en mi vida te vi perder la serenidad. Te levantaste de tu asiento y repetiste, como si algo profundo se hubiera quebrado en ese instante:
No, Buckner… no, Buckner… no, Buckner.
Al final de esa Serie Mundial, cuando todo había terminado, hiciste algo que me desconcertó. Aplaudiste al rival.
En mi mente pequeña no entendía por qué aplaudías a los Yankees. Volteé a verte, confundido.
Entonces me miraste y me dijiste que uno siempre debe aprender a reconocer la derrota. Que, sobre todo, hay que tener la rectitud y la serenidad de reconocer al vencedor, aun cuando tu equipo es el derrotado. Dijiste que esa inteligencia de la que siempre me hablabas debía prevalecer hasta el final del encuentro. Que debía ir más allá del juego.
Que debía prevalecer en la vida misma.
Que el béisbol tiene esa característica.
Ahí entendí cuánto significaban los Red Sox para ti. Tú, que rara vez perdías el temple, dejaste ver una devoción silenciosa, una espera acumulada durante años. Esa fue la medida con la que, con el tiempo, comprendí tu amor por el béisbol y el deseo contenido de ver campeones a los Red Sox.
Siempre me hablabas del béisbol, pero no eras un fanático ruidoso. Tu relación con el juego era distinta, más callada, más reflexiva. Un día te pregunté por qué te gustaba tanto. No intentaste convencerme. Dijiste, simplemente, que el béisbol es un juego donde gana quien logra imponer la inteligencia por encima de las emociones, y que por eso es conocido como el rey de los deportes.
No hablaste de fuerza ni de velocidad.
Hablaste de paciencia.
De cálculo.
De saber esperar el lanzamiento correcto.
De no dejarse arrastrar por el impulso cuando todo exige reaccionar.
Con los años entendí que no describías solo un deporte.
Describías una manera de estar en el mundo.
El Mundial de fútbol acababa de celebrarse en México. Un país entero vivía con la esperanza de cada partido. A ti la selección mexicana no te importaba en lo más mínimo. De todo ese Mundial, solo una cosa logró impresionarte: el gol de Maradona. Y claro… ¿a quién no?
Uno de mis hermanos, sorprendido al verte aplaudir, te preguntó:
—¿Y ahora? ¿Te gusta el fútbol finalmente?
Respondiste sin dudar:
—No. Lo que siempre me ha gustado son las obras maestras del arte, de la poesía. Y este tal Maradona acaba de hacer poesía con los pies.
Ahí entendí algo más. Que no era solo el béisbol. Que no era solo Fenway Park. Que lo que amabas era la fidelidad, la belleza y la grandeza cuando aparece, aunque sea por un instante.
Recuerdo también aquellas clases invisibles de sintaxis y gramática, sentados frente al televisor. El uso preciso del lenguaje en la voz del “Mago Septién”, aquel cronista que lanzaba palabras como hechizos. Palabras que yo no entendía y que tú me explicabas.
Una tarde, antes del séptimo inning, el Mago Septién anunció:
—Y aquí viene el fatídico séptimo inning.
Te pregunté qué quería decir fatídico. Hiciste una pausa, como siempre, y me explicaste que significa algo marcado por el destino, un momento decisivo donde las cosas pueden cambiar para siempre. No hablaste de tragedia. Hablaste de destino. Aprendí que nombrar bien las cosas es una forma de comprenderlas.
Y entonces un día la vida me demostró que sí.
Que el siete era fatídico.
Fue un 7 de junio de 1999 cuando perdiste lo más valioso que tenías: tu memoria. Un infarto cerebral paralizó la mitad de tu cuerpo y, poco a poco, se llevó las palabras, los datos, esa facilidad de lenguaje que te permitía explicar el mundo con claridad.
Ese día me rebelé. Me pareció una injusticia que algo así ocurriera a un hombre tan honrado, tan íntegro como tú. El séptimo inning dejó de ser metáfora. El destino dejó de ser concepto.
Otro momento quedó grabado para siempre. Llegaba de fin de semana de la universidad cuando mi tío Juan me dijo que estabas hospitalizado. No teníamos auto. Corrí al hospital.
Cuando llegué, habías envejecido de golpe, como si el tiempo se hubiera precipitado sobre ti. Me miraste y preguntaste:
—¿Y tú… quién eres?
Resistí el llanto. El doctor me había pedido templanza, que no percibieras nuestro sufrimiento. Ahí, frente a ti, me sostuve. Sin discursos. Sin palabras.
Parecía que cargabas todos los años de la maldición del Bambino. Como si la vida se empeñara en enseñarme a sufrir. Aunque con el tiempo mi futuro se acomodó, en ese momento casi nada tenía sentido.
Vino después el calvario de tu recuperación. Los llantos. La desarmonía que aparece cuando un ser amado queda fuera del orden natural de la creación. Fueron años duros. Muy duros. Años en los que las lágrimas se secaron, no porque el dolor hubiera terminado, sino porque aprendimos a endurecernos. Construimos entonces una mirada injusta de la vida. Más tarde, también eso sanó.
Para continuar con la desgracia, vinieron los Yankees.
Un bicampeonato.
Y por supuesto, eso no te gustaba.
No era odio.
Decías simplemente que eran arrogantes.
Preferías que no ganaran.
Y entonces llegó el 2004.
Llegó aquella remontada histórica de los Idiotas.
Llegó el 27 de octubre de 2004.
Llegó el día en que aquellos Idiotas habían priorizado la inteligencia por encima de las emociones.
Y volvimos a llorar.
Esta vez distinto.
Tú, en tu silla de ruedas.
Yo, a tu lado.
Ese día había una fiesta importante con mis amigos. No fui. Preferí estar contigo. Yo sabía que finalmente verías campeones a los Red Sox.
Y así fue.
Lloraste.
Levantabas la única mano que podías.
Fuiste feliz.
Después vino la Serie Mundial de 2007. Vencieron a los Colorado Rockies. Estuviste contento, sí, pero ningún campeonato se sintió como el de 2004. La sequía hacía que aquella victoria fuera irrepetible.
El tiempo ha pasado. La vida se ha desarrollado de distintas maneras. He dejado la casa y hoy soy un hombre independiente. Vivo en mi departamento en Puebla, donde trabajo como ingeniero y soy responsable del área ambiental en proyectos carreteros y de autopistas del gobierno federal. He alcanzado el éxito profesional y, aunque no lograste verlo del todo, trato de ejercerlo del modo más ético posible, incluso cuando el sistema dificulta ese camino.
Los Red Sox se han coronado una vez más. Y aunque hoy tengo la posibilidad económica de viajar a Boston y cumplir la promesa, algo dentro de mí me dice que aún no es el tiempo adecuado.
No se trata de ir por ir.
Se trata de que la visita sea inevitable.
Necesito una historia adjunta. Un motivo que no sea solo deseo, sino madurez. Prometo que así será.
Al final, no te fuiste del todo.
Vives en lo que pienso, en lo que escribo, en la manera en que miro al mundo.
Esa es la verdadera tarea de los padres: dejarse continuar.
Que José Hernández, el periodista y hombre de radio, viva hoy en Emiliano: el ingeniero que intenta ser escritor, que aún no sabe hacia dónde va, pero que sabe que cuando llegue hará que te sientas orgulloso.
Seré tu obra maestra, padre.
Prometo que iré a Fenway.
Y llegado ese día, haré dos cosas.
Me tomaré una foto donde estemos tú y yo:
tú, en una fotografía en mi mano.
Después de Sweet Caroline, repetiré tres veces una frase.
Tú sabes cuál.
So good…
So good…
So good…
Entonces cerraré el ciclo que comenzó con aquel
No, Buckner… no, Buckner… no, Buckner.
Y lo cerraré como debe cerrarse una historia bien contada:
con la misma cadencia,
con la misma fidelidad,
pero al revés.
Y diré, en voz baja, solo para ti:
Aquí estamos, padre.
Finalmente, en el legendario Fenway Park.
—
Texto escrito el 30 de octubre de 2013, en Puebla, México.
En un departamento lleno de libros que tú hubieras leído.
Deja un comentario